lunes, 19 de marzo de 2007

Madrid


Hay un Madrid de grandes avenidas, de fachadas iluminadas, de imponentes edificios que juegan a ser imperiales. Hay un Madrid de pisos de trescientos metros cuadrados donde las cenas de amigos las sirve un camarero de guante blanco.

Hay un Madrid de gente que vive en bajos oscuros de habitaciones realquiladas o en palomares acondicionados al uso de otro tipo de animales. Un Madrid de fachadas descarnadas de puro hormigón.

Hay un Madrid de calles en cuesta, que salvan con escalones empedrados sin fin. Un Madrid antiguo lleno de sorpresas, rincones y tesoros por descubrir. Un Madrid con muchas historias que contar porque muchas de ellas nunca han llegado a contarse.

Hay un Madrid donde no importa de qué pie cojeas, porque da igual. Un Madrid abierto y tolerante donde qué más da lo que hagas o puedas hacer mientras no molestes a los demás.

Hay en Madrid un secreto, un pequeño jardín colgante, en una esquinita de La Latina, de suelo enlosado de ladrillo viejo, que pocos conocen. Un jardín que siempre estará en mi memoria.

Hay un Madrid de cines en versión original, de escenarios, luces y bambalinas, de rincones que recuerdan a tantas otras escenas que vimos en la pantalla. Hay un Madrid de actores y actrices que cada día interpretan su función y luchan por llegar a fin de mes, o por realizar sus sueños, o por conseguir grabar un disco.

Hay un Madrid con versos incrustados sobre el pavimento de las calles. Un Madrid para pasear y para leer, donde las horas y los fines de semana se cuelan entre los dedos como si fueran arena fina de playa.

Hay un Madrid de imponentes iglesias y de cúpulas inalcanzables. Un Madrid con viaducto al que un amigo mío evitó muchas visitas de suicidas, de gente que había perdido la esperanza y probablemente no encontró consuelo bajo techo sagrado. Pero también hay un Madrid de gente que tiene fe y obra en consecuencia aunque siguiendo diferentes vericuetos.

Hay un Madrid del poder, de torres de cristal, de oficinas de diseño, de alturas de vértigo que impresionan e imponen a quienes las visitan.

Ahora ya conozco todos esos madrides.

Pero no hay Madrid si es sin ti.


sábado, 17 de marzo de 2007

Cuando navegas y hay mala mar

De sus veranos navegando había aprendido mucho. Esas jornadas de agua y de sal le habían proporcionado un tesoro de conocimientos y experiencias. Pero algo resaltaba dentro de ese bagaje de nueva sabiduría: Si la mar se pone brava, si arrecia el temporal y vas en la dirección equivocada, arría las velas. O al menos sitúalas de otra manera. O cambia de rumbo. O haz algo. Porque la alternativa es una singladura a trompicones, escorada hasta el límite. Incómoda desde luego. Pero incluso peligrosa.

Había aprendido a hacer rápidos sus movimientos sobre la cubierta. La mala mar había activado su resorte de supervivencia y aprendió a enrollar la génova o a plegar la vela mayor a una velocidad de vértigo. Sabía cómo actuar en cada momento, según veía el viento evolucionar, las aguas vibrar o el camino a realizar.

Ahora en su vida el temporal arrecia. El condenado viento sopla huracanado, y, lo que es peor: lo hace de forma errática. Tampoco sabe a ciencia cierta si la singladura es la correcta y si el rumbo elegido es el más apropiado para cubrir ese trayecto. Lo único que ve claro es que el velero navega escoradísimo, al límite. Su maestro y mago-patrón (o patrón-mago, ya que nadie sabe cuál es su verdadera vocación) le había aclarado sin embargo que no se preocupara. "Estos barcos no los hunde ni un huracán. Sigue tu rumbo".

La elección de la singladura no tiene marcha atrás. No depende de él y lo sabe. Sólo hay un objetivo en su vida y tiene que alcanzarlo. O, al menos, intentarlo. Pero ahora ve que unos cuantos de los grados a estribor que marcan su rumbo los fijan el odio y la impotencia que se han apoderado de su espíritu y de su voluntad. Que se han acomodado, sin que nadie les haya invitado, en la cara oculta de su corazón.

"Hay que extirparlos". "Hay que matizar el rumbo". Resuelto y de esta forma y manera se lo ha expresado a los que le rodean. Y da un golpe de mano al timón hasta que la brújula marca de forma contundente y clara unos números diferentes.

Es de noche, se tumba en la cama y levanta el edredón hasta que cubre su cara. Es su reacción natural desde hace tiempo cuando se acuesta: consigue una sensación pasajera de aislamiento. De que aquello que ocurre a su alrededor no va con él. Pero sí va. Y los nuevos habitantes de su corazón comienzan su tarea de todas las noches: comienzan a inundar su cabeza de imágenes, de palabras, de vídeos en súper 8. Entonces lleva con fuerza sus piernas hacia su pecho. Se acurruca sobre el colchón, da el volantazo y hoy, por ejemplo, comienza a desplegar sobre su retina las fotos de aquel verano de 1986 en Escocia.

jueves, 8 de marzo de 2007

La escultora con nombre de dulce

Sus íntimos y más allegados, aquellos que forman la primera capa de la cebolla que recubre este gran corazón, utilizan el nombre de un blanco y dulce elemento para referirse a ella.

Sufre hiperactividad contagiada (de la primera capa de cebolla) y a su vez ella la inocula a su alrededor. De igual forma, ella contagia su risa a los demás y les inocula su buen humor a menudo transformada en una "Misis planes". Esculpe sonrisas con la fuerza de sus palabras en las caras de los que están cerca suyo y piensan que más bajo no se puede ir. Por eso, a veces sucede. Pasa y piensas que no puede ser. Pero ocurre: una situación dramática salta por los aires y se volatiliza, un muro de tristeza se derrumba bombardeado por decibelios de carcajadas. Es inaudito. Hay que verlo para creerlo.

Terca como una mula, se mete demasiadas veces, y demasiado a fondo hay que decir, donde no la llaman. En esas situaciones cae, porque tiene que caer. Porque su corazón es más grande que su cabezota. Las lágrimas también saben pasearse de vez en cuando por sus mejillas.

Perfeccionista al límite. En el abismo de lo racional. Muy lista, la muy cabrona. Pero la chica escultora de sonrisas sigue erre que erre y llega y transforma tu día.

Tenemos suerte los que podemos cobijarnos cuando lo necesitamos a la sombra de la escultora con nombre de dulce.

martes, 6 de marzo de 2007

Lo que hay, es lo que ves

no tengo mucho más que ofrecer
creo que lo que hay es lo que ves
a veces pongo un poco de ilusión
y se enciende una bombilla...

"Lo que hay, es lo que ves". Por la vía de la palabra escrita o con sonidos lanzados al aire, incluso con gestos elocuentes había tratado de hacérselo ver. Sin trampa ni cartón. Todo transparente como agua clarita. No quería llevarle a un oasis que en realidad es una ilusión óptica. Una mentira.

Sin embargo, en su ansia por superar las barreras al filo de lo imposible, de forzar su capacidad al límite, casi se rompe y su alma se hace añicos. Lo ha intentado muchas veces. Planes, paseos, viajes. Nuevos atardeceres. Diferentes amaneceres. Rincones de Madrid que sin ti no significan nada. Simplemente no cuentan. Desaparecen.

Pero su cuerpo, su empequeñecida figura, parecía no dar más de sí. Una gota de agua caía del cielo, pero el efecto en él era el de una riada incontrolable que lo arrasaba todo a su camino. "No aguanto una centésima parte de presión adicional. Simplemente no puedo. ¿O no quiero?"

Luego leyó aquella frase: "¡Mereces tanto la pena, coño!". Seguro que si pones un poco de ilusión, alguna bombilla se encenderá, dice la canción. ¿Aguantará mientras dure este maldito y oscuro túnel?. Mira que yo he pasado túneles de 25 kilómetros en Noruega que son la hostia!

N del A: las palabras que abren este post provienen de una canción de Álvaro Fraile. Tuve la enorme suerte y placer de conocerle y poder asistir a la presentación de su primer disco en la sala Galileo Galilei de Madrid. Tiene un enorme talento. Mucha suerte, Álvaro. www.alvarofraile.com

martes, 20 de febrero de 2007

La carta

"Querido Álvaro:

Gracias por confiar de nuevo en mí, y en mi criterio (ya que uno y otro somos aliados).

Me ha gustado mucho el texto que me mandas. Como casi todo lo que te leo, es original, tiene fuerza y tiene personalidad. Sobre todo eso: tiene tu sello. Y tener sello es muy importante en esto de la escritura.

Como siempre (ya sabes, vengo de una escuela en la que por muy perfecto que sea algo, siempre se encuentran áreas de mejora), he hecho algunas correcciones. Usas mucho la coma como signo puntuación. ¿Es uso, o abuso?. A mi me va más el punto, ya lo sabes. Al menos, el punto y seguido. A veces el aparte también me apetece, pero menos. Será porque en el colegio no paraban de darme la lata con el rollo de las frases cortas, que lo explican todo más clarito. Yo, el punto. Tú, la coma. Yo, las decisiones temperamentales y definitivas. Tú, la pausa y la respuesta más meditada. Yo camino hacia lo irreversible. Tú avanzas tranquilo y paciente, dejando menos puertas cerradas a cal y canto.

En cualquier caso, a lo que iba. Creo que sería bueno que el tema de la puntuacion y de la longitud de las frases que utilizas lo comentaras con tu profesora. Que te diera su punto de vista tanto desde la vertiente de la corrección técnica como del estilo. Sácale un poco de juguillo individualizado a tu realidad. A tu escritura.

Sigue así. Persevera porque vas por buen camino.

Y no me malinterpretes. La coma tiene también su utilidad.

Siempre a tu disposición.

Recibe un fuerte abrazo"

lunes, 12 de febrero de 2007

More than one hundred

"I know that I will cry when I have to go back to Chicago. I might be saying goodbye for ever to her". I listened with a smile to what Maria had to tell me about our grand mother.

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She spent a chunk of her childhood going through illnesses. A doctor finally said to his father that he had to move her from the seaside. There was no drug that could save her in 1907. It worked. The medicine was a drier weather. The secret of her long life, she always reminded me, was to spend the nights with her windows open. Even during the coldest days of the winter. Who knows.

She now has 17 grandchildren and 14 great grand children (and two more –to my knowledge- that are coming).

She falls asleep on her chair, like a baby. Then she wakes up and asks for her favorite magazine because she wants to read.

- Do you know who I am – I say
- You are the oldest – she replies
- And what is my name?
- You are Luis.

And she falls asleep again.

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"I take your point but I don't agree. Abuela's birthday should be a party to celebrate life. A party in which we all have fun and laugh. No room for cries."

Our grand mother is one hundred years and five days old today.

domingo, 4 de febrero de 2007

La fatiga del querer

Lérida, primavera de 1984

Enfundada en su chándal de diseño, tocados sus tobillos por calentadores de lana, al ritmo de las notas de Flashdance, la veía avanzar pedaleando su bicicleta por las calles de la ciudad.

Una tarde se detuvo en un jardín con nombre de músico y se encontró con él. No se lo esperaba, pero aquel tipo se sacó de la manga un taper lleno de fresas, su fruta favorita. Las primeras de la temporada. Su corazón se hinchó, y se dispuso a acomodar las imágenes del recuerdo de este encuentro en la zona más noble de su memoria. Se aseguró de que no las fuera a olvidar nunca. Él sabe que nunca lo ha hecho.

Siguieron los mejores momentos de su adolescencia, cuajados de torpes besos y caricias contra las paredes enmoquetadas del portal de su casa.

Barcelona, primavera de 1988

Querer fatiga. Querer y no ser correspondido mata de puro agotamiento. Los paseos por el barrio gótico se hacían interminables. Quería huir de la indeferencia que la niña ciclista proyectaba sobre él a cada paso. Pero pensar que si está cerca… si está cerca siempre podía haber una oportunidad.

Pero ese fin de semana, en Barcelona, no la hubo.

Siguieron decenas de notas escritas, miles de palabras sobre papel que se cruzaban cada mes por la autopista A2.

Lérida, primavera de 1992

"No te cases. Es el peor error que puedes cometer. Si quieres me voy yo contigo". Ese día no iba en chándal, ya no se desplazaba en bicicleta. Se había hecho mayor y sus palabras se habían vuelto sabias.

"Yo que sé. Yo me caso. Yo la quiero. Yo me voy. Yo quiero un futuro a su lado. Con ella no somos dos. Somos uno". Él no atendió a razones.

Siguieron años de alejamiento. De saber poco, o nada. De pensar a veces qué habrá sido de ella. Años de terror y de miedo.

Lisboa, primavera de 2006

"Esta caja esconde nuestra historia, nuestros secretos". Fueron sus palabras cuando al recibirla en Portugal le mostró a la ciclista de los calentadores una vieja caja de vinos cerrada a cal y canto. Eran las cartas de la A2. Habían sobrevivido al terror.

Juntos recordaron el pasado. Juntos escupieron sutiles reproches que llevaban amarrados al alma desde hacía mucho tiempo. Juntos hicieron pequeño aquel piso de Bordalo Pinheiro, que se achicaba a cada momento, con cada sonora carcajada. No pararon de reír en dos días. Y dejaron su sonido y sus pasos por las cuestas empedradas del Chiado.

Siguieron, qué caray, ya estamos en el siglo veintiuno, emails y llamadas al móvil al ritmo de un viento racheado, a veces tormentas de intercambios, en otras ocasiones tan sólo calma chicha. Cada uno en su lugar. Cada palabra tratando de taponar una herida.

Madrid, invierno de 2007

Exhaustos fueron a rendirse sobre una mesa de mármol del café de una bocacalle a dos pasitos de la Gran Vía. Aquel bar se llamaba Fatigas del Querer.

"Yo sueño mi futuro. Lo que me viene a la cabeza mientras duermo, luego se cumple". Ella teje sus proyectos en la cama y él quiere saber en qué soñó anoche.

"No te lo digo. Si no, se rompe la magia. Y el sueño no se cumple"

Pensando en sus sueños, viviendo de sus proyectos incumplidos, confiando en que por una vez sus ideas cambiarán en más de un gradito el rumbo de sus pasos, la niña de los calentadores madrugó para volar y volver al mar, a respirar sal. Mi niña no se ha dado cuenta de que desde donde está, no verá ponerse el sol sobre el horizonte del Mediterráneo. Yo ahora miro la puesta del sol sobre el mar, y ella el amanecer.

miércoles, 31 de enero de 2007

Opinión, decisión y duda

"Dudar de todo es carecer de lo más precioso de la razón humana, que es el sentido común"

En algún lugar, en algún momento había leído estas palabras, que hace un rato volvían a mi mente.

No resisto a los seres humanos pusilánimes, invertebrados, carentes de opinión ante cualquier circunstancia.

Y sin embargo a veces las dudas me crucifican. Torpedean mi estado de ánimo en algunos momentos de decisiones cruciales. A veces, no hay vuelta atrás. Es precisamente en esos momentos, cuando tienes la sensación de que te juegas lo que más quieres.

Así, aguijoneado, me he sentido hoy mientras aceleraba el paso cuesta arriba por la calle Velázquez. La noche y el frío completaban un panorama desolador durante quinientos metros de paseo.

Por fortuna, el proceso de cuestionamiento es siempre el mismo. Dura lo justo. Y al torcer por general Oraá volví a avanzar resuelto, siguiendo el camino que me he marcado.

"Es menos malo agitarse en la duda que descansar en el error"

lunes, 22 de enero de 2007

Diagnóstico certero

Ya en varias ocasiones se lo había dejado muy claro: "Tu estilo es hiperbólico". "Y además ciclotímico. Tus reacciones son exageradas en todos los sentidos".

Para alguien que piensa que el ideal de perfección reside en el equilibrio, que se fija como objetivo de vida alcanzar un centro estable permanente, esa crítica suponía un trago amargo. Y un pensamiento que iba camino de convertirse en obsesión.

Pero ahora ya no sólo había un reproche, sino dos. Una segunda losa sobre sus espaldas. Sabía que ese defecto estaba ahí. En realidad, basaba su supervivencia en su existencia. Pero que alguien se lo evidenciara era como incrementar en muchas toneladas el peso sobre su conciencia. "Tu corazón es de piedra". Y la piel de cerdo, pensó para sus adentros cuando escuchó esta segunda pieza del certero y cruel diagnóstico que le estaban realizando. Piel de cerdo. Caparazón de tortuga. Elementos que le habían permitido llegar con vida hasta el presente.

Ya eran muchos años intentando cambiar lo primero. Y demasiado dolor acumulado para tener la valentía de corregir lo segundo.

"Huye mientras puedas…". Fue su contestación, su reacción al oír esa maldita descripción. "…porque estoy en las mismitas puertas de la locura".

domingo, 21 de enero de 2007

El lenguaje secreto de las cosas

Tengo prohibido revelar los misterios que esconde su elaboración. Ni siquiera mi madre, mi maestra frente a los fogones, sabe las proporciones exactas. Su conocimiento se transmite por el medio oral y la práctica al alimón en sesiones continuas de formación en la cocina.

Sólo preparo las natillas de casa a la gente que quiero.

Metidos en la cocina, como en la vida, los manjares se construyen poco a poco. Los mejores a fuego lento. Con un buen chup chup. Y como sucede con muchas cosas del día a día, hay recetas que, sin necesidad de las palabras, son capaces de comunicar.

Las natillas nos hablan. Fíjate bien. Sólo hay que darles cariño constante mientras se cuecen: no parar de darles vueltas con la cuchara de palo. Si no, se pegan y se echan a perder. Pero a cambio nos dicen cuando están listas. ¿Lo ves?. Cuando la telilla blanca que las recubre desaparece es momento de retirarlas del fuego.

Cada cosa tiene su lenguaje. ¿No te das cuenta?. A veces no te hablo, pero te estoy diciendo muchas cosas.

miércoles, 17 de enero de 2007

La cárcel

La imagen que tengo de una celda es la de un lugar oscuro y húmedo. Sobre todo húmedo.

Al margen de la visión desagradable del espacio físico que nos componemos en la cabeza, todos vivimos, en mayor o menor medida, en una celda permanente. Esta cárcel tiene la forma de ataduras emocionales más o menos explicitadas de las que todos somos objeto, de controles a los que nos someten las personas que nos rodean. Viene determinada por el estrecho margen de libertad de actuación del que a veces disponemos para tomar determinadas decisiones. Son restricciones diarias que cuando se convierten en rutina se vuelven asfixiantes. Son fríos tubos de metal que nos rodean, que están ahí aunque no los veamos y que están presentes en todos los ámbitos de nuestra vida.

Recuerdo una ocasión en el que en una compañía que factura casi 60 millones de euros al año se retrasó una decisión que implicaba un coste de 15.000 euros porque el director pidió que se recabara la opinión de un sinnúmero de ejecutivos. La espera tuvo sus consecuencias, y el problema que se trataba de solucionar se demoró por muchos más meses. Tener una responsabilidad (personal o profesional) y estar sujeto a un control sin sentido es estar encerrado en una cárcel.

El control gratuito, que no responde a nada, a ninguna necesidad real o práctica. La falta de confianza (muchas veces sin fundamento). La obligación perpetua a satisfacer, sí o sí, a los que nos rodean. Son el hormigón sobre el que día a día se van erigiendo los barrotes de acero que nos introducen en la oscuridad. Que nos hacen menos libres. Que nos ahogan. Que nos roban la felicidad.

A veces hay que parar y dar un grito. Y hacer que el sol entre con fuerza en nuestro cubículo carcelario. Eliminar la oscuridad. Y conseguir que el calor de sus rayos fulmine la humedad permanente que se cuela y que cala nuestras vidas. Es sano hacerlo.

miércoles, 10 de enero de 2007

El tren

Hay trenes que pasan y hay trenes que se cogen. O que no.

Hay vías alternativas y cambios de aguja que se pueden accionar. O no.

Pero él no parecía tener claro que hay dónde elegir. Era demasiado tiempo con la misma persona, con la misma rutina, en la misma casa. Un hábil lazo amarró su corazón. Los intereses materiales puestos en común hicieron el resto del trabajo.

Hace unas semanas el ordenador había escupido mierda. El maldito aparato vomitó pesadillas y engaños que le salpicaron toda esa ropa que, como siempre, había seleccionado con sumo cuidado al objeto de proyectar en el espejo una imagen perfecta.

Se sintió sucio, manchado, asquerosamente pestilente. Apretó los dientes, gritó, lloró a moco tendido. Clavó sus uñas en la base mullida de su silla, casi desgarrando el asiento del vagón que le transportaba. Se sintió vacío. Como ido. Ausente.

Hasta ese día había viajado (más o menos) cómodo en su tren, aposentado en su butaca de primera clase. Pero la convulsión informática le hizo alcanzar el timbre de emergencia y el convoy aminoró su velocidad. Saltó decidido del vagón y dio unos pasos en tierra firme. Voló. Por unos días cambió de continente. Respiró aire nuevo y puro. Pero la locomotora no estaba dispuesta a perder a este pasajero. Y probablemente tampoco a muchos otros. Se mantuvo casi detenida observándole caminar, estirarse, respirar profundamente. Al acecho.

Echó la vista atrás y, en ese momento, no vio ningún otro convoy a la vista. Se asustó. Pensó en la soledad. Las mejores imágenes a todo color y alta definición de los ratos agradables pasados durante su viaje acribillaron sin piedad alguna su pensamiento.

Él no lo sabe, pero el pánico le atenaza tanto el cerebro como el lazo su corazón. Y nunca nadie le ha regalado unos prismáticos que le permitan ver que sí, que desde allá, desde el lejano horizonte se aproximan otros caballos de acero. Que hay alternativas, que hay un mundo donde elegir.

Ya ha puesto un pie en la escalerilla que le ha de devolver a su vagón.


A 10 de enero de 2007, sobrevolando el manto blanco de los Alpes.

viernes, 5 de enero de 2007

Artículo sobre la India



Es un poco largo pero ha gustado. Así que lo copio aquí.

El mes pasado me pidieron que escribiera un artículo sobre el viaje de noviembre a la India para la revista de comunicación interna de nuestras oficinas de Madrid, Barcelona y Lisboa. Cogí algunos retales de texto de los dos post que escribí en su día sobre el tema. Lo que salió publicado es lo que viene a continuación.

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OBSERVACIONES SOBRE LA INDIA
5 reflexiones desde Delhi


El shock

Los vuelos que llegan del occidente desarrollado suelen llegar a Delhi de madrugada, a eso de las 2. Pero el camino a la ciudad, por una destartalada autopista, es un purito atasco. De camiones que se deshacen y evolucionan de manera desordenada en medio de un vapor contaminado y sucio. Cierras los ojos, vuelves a abrirlos y piensas que te han trasladado al escenario de una película ambientada tras una hecatombe nuclear.

La exposición continuada a la realidad de la India durante las primeras 24 horas te sume en un estado de shock.

300 millones de personas viven en el umbral de la supervivencia (que no de la pobreza). 300 millones. Los rostros, los ademanes de los que forman ese grupo y ves tras el cristal de tu vehículo reflejan la desesperanza que provoca una situación en la que si te falta un dólar al mes te mueres de hambre. Gente tirada, viviendo en medio de la basura y del barro, meando o cagando entre las vacas. Y es que la desesperanza produce indignidad. Falta de dignidad para 300 millones de personas.

A las 24 horas, con la retina ahíta de imágenes de pobreza y dolor, llega el aturdimiento. Hay quien no lo supera y no vuelve jamás a la India. Otros logran reponerse a tiempo para absorber todo lo que este continente ofrece al visitante.

La India espera.

El caos

Yo ya me refiero a ella directamente por su expresión abreviada.La contundente realidad física de una ciudad que parece caerse a cachos se alía con la comodidad de un nombre más corto. Nueva Delhi está perdiendo la primera parte de su denominación.El camino entre Delhi y Agra, la ciudad del Taj Mahal, se extiende a lo largo de 200 km. Recorrerlo es una aventura de casi 4 horas si se tiene suerte con el tráfico.Keke es mi conductor. Es un chófer del Alto Comisionado británico en Delhi, no ha tenido ni un sólo accidente en los 26 años que lleva de profesión al volante y es, además, una persona de bien que responde cándidamente a mis preguntas.- ¿Por qué no te paras en los semáforos en rojo?- Señor, si me paro en algunos de ellos, creo un problema de tráfico porque confundo al resto de los conductores. Algunos semáforos ya sólo están rojos o verdes de forma permanente.Las líneas pintadas sobre el asfalto de calles y carreteras también están agotadas. Nadie les hace caso. Son lo de menos. En la autopista de dos carriles circulan a veces 4 vehículos en paralelo con total normalidad. En ocasiones, el desprecio por la señalización va más allá y te encuentras un tractor o un carro tirado por camellos en contradirección circulando por el carril rápido. El Ministerio responsable de las carreteras indias avisa de forma desesperada en los carteles "Lane driving is safe driving". No importa. Es inútil. En la India, la excepción a veces parece la regla.

La reforma

El hombre que determina la política económica de 1.100 millones de personas de nuestro planeta se dirige a nosotros. El Ministro de Finanzas de la India es un hombre de discurso pausado y claro.Las reformas y el proceso de liberalización de los mercados en la India se iniciaron en 1991, y desde entonces, de forma lenta pero inexorable están sacando a millones de personas de la pobreza.Pero queda mucho por hacer. Por ello se abre el debate sobre la velocidad de las reformas.Sin embargo, la India quiere seguir siendo una democracia. En un país con 24 estados, 17 lenguas y siete religiones el consenso es difícil, pero se consigue a base de hacer más lento el proceso. Están dispuestos a hacer el sacrificio. La coalición gobernante la forman 24 partidos diferentes.Ante una pregunta capciosa el Ministro no duda. "Prefiero hacer una autopista un kilómetro más larga si es necesario para preservar las tumbas de los ancestros de un pueblo por el que tiene que pasar la construcción".Arranca una ovación. El proceso de reforma y de progreso en la India es moderado pero está vivo y tiene el talante de perpetuarse, porque es consensuado, y va devolviendo la esperanza perdida a millones de indios cada año.

Sí, definitivamente. En la India todavía hay margen para la esperanza, aunque muchos de los que ahí viven todavía no lo saben.

La complacencia

Qué palabra. A mí me ha llamado la atención escucharla tan frecuentemente y pronunciada por tan diversas personas en la India. En realidad oigo "Complacency". Una acepción que, tras un pequeño análisis semántico, descubro tiene matices diferentes en inglés y en español. A feeling of contentment or self-satisfaction, especially when coupled with an unawareness of danger, trouble, or controversy.

Políticos, emprendedores, ejecutivos de multinacionales a quienes tuvimos la oportunidad de conocer lo tienen muy claro: la complacencia es el mayor riesgo del éxito.

Del éxito de, por fin, alcanzar tasas de crecimiento económico similares a las de China, en el entorno del 10%, en un contexto igualmente gigantesco pero construido sobre una democracia. Del éxito de comenzar las grandes empresas indias a conquistar el resto del mundo a base de operaciones corporativas. Del éxito de haber desarrollado industrias nuevas de tecnologías de la información, de gestión del conocimiento, de servicios empresariales, creando un modelo de desarrollo con sólidos fundamentos.

Vertex es una de estas compañías que puede ofrecer a las empresas occidentales cualquier tipo de servicio profesional. Desde temas más mecánicos como la gestión y operación de call centers al análisis de mercados. No se trata de un arbitraje puro y burdo de diferencia de costes salariales. La estrategia de estas empresas va hoy más allá. No es off-shoring. Es right-shoring: algunas operaciones alejadas, otras más cerca (near-shoring) en países del Este europeo, y otras más incluso al lado nuestro (on-shoring). El mix más adecuado para cada necesidad. Todo gestionado por empresas indias, que expanden su manto de actividad por medio mundo. Sus empleados no están enterrados en una inmensa pradera del sótano de un oscuro edificio. No. Las plantas donde trabajan son de diseño, tienen vistas y nos superan con creces en sus posibilidades de ocio: además de futbolín tienen billar y ping pong. Hoy trabajan en este tipo de compañías casi medio millón de personas. Una industria creada de la nada.

Ariz Premji recorre la historia de otro éxito, el de su propia compañía: en sus orígenes una pequeña planta de aceite vegetal, convertida hoy en un gigante mundial de las tecnologías de la información (Wipro) que incluso cotiza en la bolsa de Nueva York. Ariz está considerado por el Financial Times una de las 25 personas más influyentes del mundo. Sus palabras son claras, directas, trufadas de fuertes opiniones pero firmemente ancladas a un estilo de expresión alejado de la prepotencia.
"No vamos a caer en la complacencia. Estaremos en alerta permanente. Ésta es nuestra oportunidad."

El orgullo

Silke trabaja para el Ministerio de Cooperación del Reino Unido y ahora está destinada en Delhi. Gestiona los programas de salud en el área de Calcuta. Si me llevo algo de las historias sobre su trabajo que me cuenta en el jardín de su casa en el barrio diplomático de la ciudad mientras bebemos una cerveza es el sentido del orgullo de los indios contra el que Silke tiene que luchar en su día a día.

"En Nicaragua, para cada presupuesto, para cada proyecto tenía cola en la puerta. Aquí ofrezco un millón de libras para un programa contra el Sida y tengo que perseguir hasta la extenuación a políticos y gentes de la infraestructura sanitaria"

Políticos, empresarios y profesionales de la administración tienen otras prioridades. Trabajar para hacer crecer su país. Y se toman la ayuda externa, que tanto podría ser aprovechada, como una segunda prioridad. Un trasfondo de orgullo hilvana los argumentos que oye Silke ante los retrasos y falta de ideas y proyectos para su presupuesto que le lanzan sus interlocutores.

El orgullo es otro pilar que cimenta la construcción del desarrollo acelerado de la India.

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Casi 500 personas reunidas por una semana dos veces al año. El grupo se refuerza. Ricard lo llama "el espíritu de Hong Kong". Pero sobre eso (sobre Hong Kong, e incluso sobre su espíritu) podemos hablar otro día.




miércoles, 3 de enero de 2007

Historias del oeste americano

- Arantza, que sepas que yo para la poesía soy muy torpe, que no llego a la tercera derivada.
- De verdad, te digo que es clarita y directa, ya lo verás.

Frente a un enorme e inacabado plato de spaghetti en el centro comercial de Saldanha en Lisboa decidí que podía enfrentarme, por primera vez desde hace muchos años, a la lectura de una obra de poesía. Tenía cabeza de turco a mano para quejarme en caso de que se me diera mal: su autora.

Clarita y directa. Imágenes poéticas muy nítidas, sentencia ante mí otro de sus lectores. Y cercanas, diría yo. Pero no es todo esto lo que más me ha llamado la atención, lo que me ha venido a la mente tras cerrar la contraportada al arribar al punto y final de la página 60.

De "La senda de los cactus" me he llevado historias que pudieron ser y no fueron. De arrepentimientos y miedos. De desilusiones y mentiras. Y da igual que el verbo sea triste y el adjetivo doloroso. Que el último verso transmita regusto amargo. Con lo que me he quedado es con la tranquilidad, con la convicción de que detrás de esas experiencias hay sabiduría y margen para algo mejor. Un año de tu vida con algunos tropiezos pero de balance positivo.

En otros ratos de su vida Arantza es una ejecutiva, ahora desplazada a Lisboa para llevar a cabo (si la dejan) un proyecto sumamente interesantede de integración de compañías. Al final va a resultar que empresa y poesía no son agua y aceite. Va a resultar que sí mezclan.

Enhorabuena.

sábado, 23 de diciembre de 2006

Arriba y abajo

Ella sabía que andaba desbocada por el trapecio. Que había subido muy alto. Y que no había red. Que allá abajo no se veía una malla tupida, como la densa telaraña del metro de París, o incluso del de Madrid. Sabía que la hostia iba a ser monumental. Pero no le importaba.

Escalón a escalón había llegado arriba. Muy arriba. Como nunca jamás. Palabra a palabra. Ilusión a ilusión. A base de roces falsamente fortuitos al principio. Caricias después. Abrazos desesperados últimamente.

Se enganchó a él pensando que así nada les separaría. Ideando planes para toda la vida. Ocupando su cerebro permanentemente con sus imágenes. Sintiendo sobre la piel sus manos en todo momento. Construyendo precipitadamente un álbum de recuerdos con todos los sitios por los que habían pasado.

- Dime una huachafería por favor, aunque sea la última.

No hubo contestación.

La hostia fue monumental.

Pedazo de año

Infierno y paraíso.

Guerra y paz.

Bofetadas y caricias.

Pequeños enemigos, grandes amigos.

Drama y comedia.

Piscina de lágrimas, mar de esperanza.

Del derecho y del revés.

Fantasmas en la cabeza, mariposas en la tripa

Oscuridad y luz.


Año montaña rusa.

Ha valido la pena.

Pedazo de 2006.

viernes, 15 de diciembre de 2006

La otra cara de las cosas

I
Llega el final de año y es inevitable. Miramos (algunos de reojo) hacia atrás. Nos gusta hacer balance. Y también hacernos promesas con la vista puesta en el año que entra.

Al final todo se resume (o debería resumirse) en un criterio. En una única vara de medir el año. Esa unidad de medida se llama felicidad.

II
En las escuelas de negocios se enseña con profusión y se aplica en la teoría de algún lejano ejemplo, se sintetizan sus resultados y se extraen conclusiones de artificio: me refiero a una herramienta paradigmática de las clases de estrategia, el análisis DAFO. Los alumnos se esmeran en identificar las Debilidades, las Amenazas, las Fortalezas, las Debilidades de una compañía ficticia. Pero ellos lo viven como si fuera de verdad.

Como ejercicio intelectual no está mal. Puede ayudar a ordenar las ideas. Pero enseguida nos damos cuenta de que muchas fortalezas son simples lados positivos de debilidades, que muchas amenazas son lados oscuros de oportunidades que en realidad existen y arrojan luz. Los inconvenientes son la cara oculta y simétrica de los ventajas.

Cuando en el mundo de la realidad empresarial te enredas con el DAFO te puedes introducir en una tormenta conceptual. Sólo hay que darle una vuelta de tuerca a la debilidad para convertirla en fortaleza. Una amenaza se puede metamorfosear, con un poco de creatividad, en una oportunidad salvadora.

III
En diciembre miramos hacia atrás y nos preguntamos, ¿Qué es en realidad la felicidad?

No es mi intención banalizar ni simplificar en exceso una cuestión sobre la que se han escrito millones de páginas. No. Pero como me gusta huir de los largos tratados y aproximarme a los temas por la vía de las soluciones ejecutivas, al punto, exprés, lanzo aquí una idea simple que aprendí de un psiquiatra americano.

La felicidad es distancia.

La felicidad es el trayecto que existe entre lo que nos ocurre y lo que nos afecta. Si somos capaces de dominar el mecanismo por el cual lo que nos sucede y lo que acontece a nuestro alrededor impacta en nosotros, tendremos una de las claves fundamentales de la felicidad. La cuestión es maximizar el efecto en nosotros de lo bueno que nos ocurre y minimizar, sino anular, la proyección de lo malo sobre nosotros. O mejor: extraer cosas buenas de lo malo (que siempre las hay) y meterlas en la maleta. Extraer de la amenaza una oportunidad. Transformar una debilidad en una fortaleza.

Como hacen los alumnos aspirantes a empresarios de pro.

¿A que parece fácil?

lunes, 11 de diciembre de 2006

Padre Maruja

Lo confieso. En realidad me gusta.

Acabo de pasar 5 días seguidos con los 4 niños a solas en la casa de la montaña. Y claro: dosis triple de marujeo.

Abre la casa, deshaz maletas, ve a la compra, guisa, recoge y friega, plancha, prepara las camas, despioja, baña, da de cenar, viste y desviste, haz las coletas a las niñas ("Papá, tú siempre nos haces cola de caballo porque no sabes hacer otro peinado"), consigue que hagan los deberes y que lean, sal a pasear, dibuja, pinta y recorta los figuras de Navidad que hemos preparado para combatir la escasez adornos de este año en Lagasca.

El día es no parar.

- Veo una cosita que empieza por la A
- (...) Imposible me rindo
- ¡Ojo!
- Pero Joaquín: ¡no empieza por A!

Y poner paz.

- Papá, Joaquín me ha llamado gilimema
- ¡Eso no se dice! ¡Queréis parar, por favor!

Pero qué le voy a hacer. Me lo paso bien.

Lo sé. Que si tienes poca mano. Que si limpias sólo por encima. Que si qué arrugas dejas. No importa. No me van a desmoralizar.

Manolo, con tino, ya pilló mi falso lamento.

18.30 de un viernes de una semana alterna cuaquiera

- Hola Joaquín por dónde andas.
- Pues nada, aquí me pillas, con la tortilla de patatas
- Anda, anda, que sarna con gusto no pica

Se oye un grito de arenga: "¡¡¡Papaaaa Supeeeeer Maruja!!!"

Y estalla una carcajada en estéreo, desde 4 altavoces. Un sonido que no se paga ni con todo el oro del mundo.

viernes, 8 de diciembre de 2006

Promesas fallidas

"Te prometo que trataré de mejorar, que me esforzaré más para que esto no vuelva a suceder. Te quiero y sólo quiero trabajar para verte siempre esa sonrisa que tanto me gusta"

Las palabras cayeron como un mazazo en su cerebro. El hecho de que su transmisión se hubiese producido por el medio escrito le asqueaba aún más. Sonaba a declaración jurada, a contrato privado entre las partes, a acuerdo de sumisión y esclavitud.

Las palabras le transportaron a su pasado. A ocho largos años de sometimiento emocional y acatamiento de los sentimientos ajenos. A años de medir cada acción, cada mensaje con el objetivo de minimizar cualquier reacción explosiva. Esa reacción en cadena, esa fisión nuclear que había bombardeado y finalmente herido de muerte su relación.

Hay un difícil equilibrio que es necesario mantener entre lo que uno piensa en sí mismo y lo que se quiere entregar al prójimo. El equilibrio se ha de alcanzar (ellos lo habían hecho) y mantener (ahí estaba su reto).

El desequilibrio los condujo al alejamiento y a una falta de respeto asimétrica. Y hoy cada uno evoluciona en una punta opuesta del planeta.

lunes, 4 de diciembre de 2006

Elegir (o no) un camino

A mí me sucedió en Trocadéro, aunque me podía haber pasado en Etólie. Eso sí: esos dos son los únicos lugares en los que algo así te puede ocurrir en París: estaciones de metro en las que dos líneas se cruzan. Dos líneas que, al menos por un extremo, finalizan en el mismo punto. Nation.


http://www.parisinfo.de/images/paris-metro-plan-karte.jpg

Apresurado como siempre para no perder el tiempo, me fijo sólo en el punto final del trayecto. La idea es alcanzar Les Halles usando la línea 9 cambiando a la 1 en Franklin D. Roosevelt. Sigo un cartel que dice Direction Nation. Y me acomodo en un vagón.

El convoy sale a respirar un tramo a la superficie y la intensa luz de la Torre Eiffel me llama la atención. Su referencia hace que salten las alarmas de mi sentido de la ubicación. Vamos hacia el sur, hemos cruzado el Sena. Me alejo de la estación Roosevelt. He tomado la línea 6 en vez de la 9. Entonces reparo en lo inusual del hecho: ambas se dirigen a Nation. Y ambas se cruzaron en mi vida en Trocadéro.

El error se puede enmendar. Cambiando en Montparnasse a la 4 me dirijo al norte directo a Les Halles.

Existen situaciones en las que, ante determinados hechos, los que compiten deben elegir un determinado camino entre varias alternativas. Esto suele suceder, por ejemplo, en momento de cambios significativos de tecnología. La evolución de los acontecimientos a partir de entonces se asemeja a una carrera de natación particular, con una caprichosa regla: no se informa a los participantes sobre cuál de los 4 bordes de la piscina es la meta de la carrera en el momento de la salida. Ese dato sólo está disponible tiempo después. No se sabe cuándo.

Unos nadadores, los prudentes, optan por no saltar a la piscina hasta saber a dónde deben dirigirse, arriesgándose, con gran probabilidad, a no ganar. Otro grupo se lanza al ruedo, unos pensando alcanzar el centro de la piscina para estar cerca del mayor número de laterales posible, otros directos al borde que piensan va a ser el destino. Los primeros pueden quedarse en el camino, ahogados, si la vital información tarda mucho tiempo en llegar. Los segundos se mojan dos veces. Y llegan los primeros. O los últimos.

Elegir el destino, y también el camino, es fundamental. Mojarse, como en otoño en París, tiene su recompensa.

Pero ¡qué gustito da poder a veces dejarse llevar por el destino, por el soplo de la providencia (con pe minúscula)!. Yo lo hago conscientemente cuando sé que hay Montparnasses por el camino que permiten rectificar. O cuando el destino es irrelevante. Porque te puedes permitir ganar o perder. Norte, sur, este, oeste. Qué más da por una vez. Y el engranaje automático de las casualidades actúa, por una vez, como le da la real gana.

Presuntamente, una tal Soledad de Valencia, se implicó en una ocasión en estas disquisiciones: "Que importa perder sino puedes ganar".