Desde que éramos críos la unidad temporal relevante en nuestras vidas es el curso escolar. Al ritmo del paso que marcan las vacaciones de verano y los hitos intermedios de navidad y semana santa, los ciclos se repiten año tras año, evidenciando el avance del tiempo con mucha más fuerza que los periodos del calendario gregoriano.
Y aquí estamos otra vez. El curso acabando, un año más. Pensando en lo que hemos vivido desde el septiembre pasado. Anhelando las vacaciones que ya llegan. Deseando que no nos haya quedado ninguna asignatura pendiente, cruzando los dedos para que esos examencillos que todavía están por llegar vayan bien.
Yo me matriculé en un curso nuevo el año pasado, allá por junio, como el que recurre al acceso a la universidad para mayores de 25 años (bueno, sí, bastante más de 25, pero nunca es tarde cuando la dicha es buena). Era jodido porque la temática era totalmente nueva para mí, y compaginar el estudio con el resto de mis obligaciones y responsabilidades, mi mundo, era difícil.
Mirando atrás me da la impresión de que todo ha sido más fácil de lo que imaginaba. Creo que he podido asimilar las asignaturas bastante bien, pese a los altibajos, la falta de tiempo, de atención, de dedicación en suma. Además el aprendizaje ha valido la pena, porque aprender, he aprendido mucho.
Espero que me den el aprobado y poder pasar al curso que viene. Y así poder repetir el ciclo que marca la vida. El año escolar.
domingo, 24 de junio de 2007
lunes, 11 de junio de 2007
Distancia y añoranza
Si tú no vuelves
se secarán todos los mares
Había escuchado una y mil veces aquellas palabras y las notas que las acompañaban. Estaba enganchado a ellas a pesar de que formaban parte de la balada más triste que jamás había escuchado. Que jamás se había escrito. Que jamás se había compuesto.
Y cada noche vendrá una estrella a hacerme compañía
que te cuente cómo estoy y sepas lo que hay
A miles de kilómetros de distancia el pareado cobraba vida de nuevo, y dolía más. Sabedor de la lejanía que les separaba, la añoranza le atenazó de tal manera que el agua brotó de sus ojos. Pensó en la conversación que hubieran tenido aquí, en el comentario que hubiera suscitado aquello que veían o en el chiste que hubiera inventado para hacerle reír. Cada noche, antes de dormir, como en la canción, se lo contaba en silencio.
Si no vuelves no habrá vida no sé lo que haré.
No sé lo que haré
Derrotado por el cansancio apagó su mirada. Se hizo resbalar por el cuero del asiento del avión hasta quedar en una posición cómoda. Alcanzó a tenerle en mente unos segundos. "Vuelve, por lo que más quieras".
se secarán todos los mares
Había escuchado una y mil veces aquellas palabras y las notas que las acompañaban. Estaba enganchado a ellas a pesar de que formaban parte de la balada más triste que jamás había escuchado. Que jamás se había escrito. Que jamás se había compuesto.
Y cada noche vendrá una estrella a hacerme compañía
que te cuente cómo estoy y sepas lo que hay
A miles de kilómetros de distancia el pareado cobraba vida de nuevo, y dolía más. Sabedor de la lejanía que les separaba, la añoranza le atenazó de tal manera que el agua brotó de sus ojos. Pensó en la conversación que hubieran tenido aquí, en el comentario que hubiera suscitado aquello que veían o en el chiste que hubiera inventado para hacerle reír. Cada noche, antes de dormir, como en la canción, se lo contaba en silencio.
Si no vuelves no habrá vida no sé lo que haré.
No sé lo que haré
Derrotado por el cansancio apagó su mirada. Se hizo resbalar por el cuero del asiento del avión hasta quedar en una posición cómoda. Alcanzó a tenerle en mente unos segundos. "Vuelve, por lo que más quieras".
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Historias de personas
domingo, 10 de junio de 2007
Moscú
La catedral de San Basilio parece de juguete.
Las rubias caminan sobre tacones inverosímiles. Morenas que no parecen de este mundo (sostengo que provienen de experimentos de la antigua ingeniería genética soviética en pos de la perfección de la raza eslava) te zurran con un mero cruce de mirada.
Es difícil discernir si un tipo encorbatado es un joven ejecutivo, ambicioso y ávido por incorporarse al grupo de nuevos ricos de la ciudad o un esbirro de la mafia. Cuando gira de forma intempestiva, se dirige hacia un portal sospechoso y teclea una clave secreta para ganar acceso al inmueble las apuestas favorecen a la segunda opción.
La corruptela se extiende a las cajeras de los museos que, primero te convierten en estudiante y, a continuación, comparten generosamente contigo el ahorro que tal condición supone en el precio de la entrada.
El tráfico no motorizado se haya perjudicado de forma claramente alevosa. Los peatones deben decidir constantemente si sortear a pelo decenas de vehículos avanzando por los 10 carriles de cualquier calle en cuestión, caminar 400 metros para superar el asfalto por un paso subterráneo o bien caminar un poquito más (digamos 1000 metros) para alcanzar un semáforo en vías de extinción y poder pasar de los pares a los impares sin enterrarse en vida. Tal situación no impide que se haya pensado en los discapacitados: Para facilitar su acceso a los susodichos y abundantes pasos subterráneos se han habilitado unos raíles sobre los escalones para las sillas de ruedas, en una posición angular próxima a los 45 grados, con lo cual, además de facilitárseles la movilidad, se comprueba al mismo tiempo el temple de sus bíceps.
Comer se come bien, pero controlando el riesgo de ser sableado a razón de 40 euros el plato de pollo "a-la-Kiev".
La especulación inmobiliaria del Occidente es un juego de niños. En Madrid debemos alegrarnos porque todavía estamos lejos de tener que pagar casi 5000 euros al mes (el tercer cero no es una errata) por alquilar un piso de un dormitorio y 90 metros cuadrados.
A la ciudad de Moscú le falta un hervor.
**********************************************************
Así cayó la noche sobre San Basilio el 9 de junio de 2007

Las nubes de la primavera recortan la silueta de las decenas de cúpulas doradas de la ciudad
Las rubias caminan sobre tacones inverosímiles. Morenas que no parecen de este mundo (sostengo que provienen de experimentos de la antigua ingeniería genética soviética en pos de la perfección de la raza eslava) te zurran con un mero cruce de mirada.
Es difícil discernir si un tipo encorbatado es un joven ejecutivo, ambicioso y ávido por incorporarse al grupo de nuevos ricos de la ciudad o un esbirro de la mafia. Cuando gira de forma intempestiva, se dirige hacia un portal sospechoso y teclea una clave secreta para ganar acceso al inmueble las apuestas favorecen a la segunda opción.
La corruptela se extiende a las cajeras de los museos que, primero te convierten en estudiante y, a continuación, comparten generosamente contigo el ahorro que tal condición supone en el precio de la entrada.
El tráfico no motorizado se haya perjudicado de forma claramente alevosa. Los peatones deben decidir constantemente si sortear a pelo decenas de vehículos avanzando por los 10 carriles de cualquier calle en cuestión, caminar 400 metros para superar el asfalto por un paso subterráneo o bien caminar un poquito más (digamos 1000 metros) para alcanzar un semáforo en vías de extinción y poder pasar de los pares a los impares sin enterrarse en vida. Tal situación no impide que se haya pensado en los discapacitados: Para facilitar su acceso a los susodichos y abundantes pasos subterráneos se han habilitado unos raíles sobre los escalones para las sillas de ruedas, en una posición angular próxima a los 45 grados, con lo cual, además de facilitárseles la movilidad, se comprueba al mismo tiempo el temple de sus bíceps.
Comer se come bien, pero controlando el riesgo de ser sableado a razón de 40 euros el plato de pollo "a-la-Kiev".
La especulación inmobiliaria del Occidente es un juego de niños. En Madrid debemos alegrarnos porque todavía estamos lejos de tener que pagar casi 5000 euros al mes (el tercer cero no es una errata) por alquilar un piso de un dormitorio y 90 metros cuadrados.
A la ciudad de Moscú le falta un hervor.
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Así cayó la noche sobre San Basilio el 9 de junio de 2007

Las nubes de la primavera recortan la silueta de las decenas de cúpulas doradas de la ciudad
miércoles, 23 de mayo de 2007
Orden y concierto
He de admitirlo y lo admito: soy desordenado. No presto atención a la organización constante de las cosas en sus lugares correspondientes. Los objetos se acumulan sin orden aparente durante días. Los papeles se amontonan peligrosamente en los más insospechados lugares. Los correos electrónicos son archivados sin piedad en una carpeta creada para la ocasión: "A procesar".
Por el contrario, mi modus operandi es el del ataque de necesidad de reordenación momentáneo. Me da la vena a trompicones. Súbitamente y sin motivo aparente reorganizo el despacho de arriba abajo, elimino montañas de papeles, me cargo montones de bookmarks acumulados en mi navegador de internet, leo y gestiono cientos de emails, elimino los montones de archivos que inundan el escritorio de mi ordenador y limpio de cualquier objeto improcedente todas y cada una de las superficies horizontales de mi casa.
Pasar de golpe a la acción con el objeto de reestablecer el orden perdido es una actividad que me reconforta. Es como cuando puedes saborear la paz después de un periodo de guerra. Quizá ésta sea la razón por la que soy adicto a tal forma de actuar. Proporciona cierto placer y una mayor satisfacción.
La ausencia de orden y concierto en el mundo de lo material no es grave. Ni siquiera lo es cuando afecta al medio electrónico. Los problemas empiezan si la desorganización afecta a las ideas, a los pensamientos. Es entonces cuando comienza a ser necesario pasar de una gestión discreta, a base de golpes de efecto discontinuos, a la atención constante.
Por el contrario, mi modus operandi es el del ataque de necesidad de reordenación momentáneo. Me da la vena a trompicones. Súbitamente y sin motivo aparente reorganizo el despacho de arriba abajo, elimino montañas de papeles, me cargo montones de bookmarks acumulados en mi navegador de internet, leo y gestiono cientos de emails, elimino los montones de archivos que inundan el escritorio de mi ordenador y limpio de cualquier objeto improcedente todas y cada una de las superficies horizontales de mi casa.
Pasar de golpe a la acción con el objeto de reestablecer el orden perdido es una actividad que me reconforta. Es como cuando puedes saborear la paz después de un periodo de guerra. Quizá ésta sea la razón por la que soy adicto a tal forma de actuar. Proporciona cierto placer y una mayor satisfacción.
La ausencia de orden y concierto en el mundo de lo material no es grave. Ni siquiera lo es cuando afecta al medio electrónico. Los problemas empiezan si la desorganización afecta a las ideas, a los pensamientos. Es entonces cuando comienza a ser necesario pasar de una gestión discreta, a base de golpes de efecto discontinuos, a la atención constante.
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Ventilando pensamientos
lunes, 14 de mayo de 2007
Confusión de conceptos
Pensándolo bien, y por mucho que insista la Academia de la Lengua llevando la contraria, realmente hay poca diferencia entre un hobby y (lo que se viene a denominar como) un vicio. Ambas actividades son aficiones de uno, aunque las primeras sean algo más confesables que las segundas. Pero es que incluso la frontera entre lo confesable y lo que conviene mantener oculto al conocimiento de los demás es difusa. Es por ello, y no por otra razón cualquiera, que ambas acepciones puedan llegar a confundirse, a convertirse en sinónimas: ni siquiera el grado de confesabilidad permite discernir entre uno y otro concepto.
De todas esas aficiones haylas pequeñas y grandes, frecuentes y esporádicas, puntuales o de larga duración, caras o baratas, solitarias o en grupo. Pero nunca dejan de ser lo que son: entretenimientos del ser humano, pasos adelante que le permiten hacer su instalación temporal en la vida más agradable y más placentera.
A tal efecto, al objeto de ser capaces de dirimir sobre la conveniencia de llevar a cabo tal o cual afición, sólo existe una frontera a considerar: la ley. O lo que es lo mismo: la interpretación de nuestros (queridos) representantes públicos de lo que significa no joder al prójimo (si es que al prójimo no le apetece, claro)
De todas esas aficiones haylas pequeñas y grandes, frecuentes y esporádicas, puntuales o de larga duración, caras o baratas, solitarias o en grupo. Pero nunca dejan de ser lo que son: entretenimientos del ser humano, pasos adelante que le permiten hacer su instalación temporal en la vida más agradable y más placentera.
A tal efecto, al objeto de ser capaces de dirimir sobre la conveniencia de llevar a cabo tal o cual afición, sólo existe una frontera a considerar: la ley. O lo que es lo mismo: la interpretación de nuestros (queridos) representantes públicos de lo que significa no joder al prójimo (si es que al prójimo no le apetece, claro)
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Ventilando pensamientos
domingo, 13 de mayo de 2007
Por si un día ese libro se extravía
Acababa de ventilarse las primeras páginas del último lanzamiento de una de sus autoras favoritas, la historia de una pareja que descubre un pasado lleno de sucesos comunes entrelazados. "Es que cuando leo a ésta me corro de gusto", había llegado a decir a colación de la susodicha escritora.
Entonces alguien le recordó que no tenía un pasado común con quien ahora compartía la mayoría de su tiempo, como sucedía con los protagonistas de la novela. Que su fortuito encuentro se había producido ya entrada la edad adulta y que con anterioridad a ese momento no había habido ramas de vivencias entrelazadas. Ni vericuetos del camino que hicieran que las sendas se encontrasen. Tan sólo podían compartir el recuerdo de dos vías paralelas trufadas de experiencias, eso sí, muchas de ellas coincidentes (aunque salvando las distancias). Y eran esas coincidencias la base de la fuerza que inexplicablemente les unía, porque el destino había labrado sus caracteres a base de golpes similares, de heridas en los mismos lugares.
Sí, sus caminos se habían encontrado. Y por delante senda pero no destino. "¿Qué más da? Ya hemos podido comprobar que el camino puede dar tantas satisfacciones como alcanzar el final del trayecto", se consolaron.
Unos días más tarde acabó de pulirse las casi 1.000 páginas del tocho. Entonces pudo leer una escueta frase, escrita a mano, justo al ladito del FIN correspondiente.
"¿Te gusta conducir?"

Recodo del trayecto entre Brasov y Sighisoara, en el epicentro de Transilvania. Mayo de 2007
Entonces alguien le recordó que no tenía un pasado común con quien ahora compartía la mayoría de su tiempo, como sucedía con los protagonistas de la novela. Que su fortuito encuentro se había producido ya entrada la edad adulta y que con anterioridad a ese momento no había habido ramas de vivencias entrelazadas. Ni vericuetos del camino que hicieran que las sendas se encontrasen. Tan sólo podían compartir el recuerdo de dos vías paralelas trufadas de experiencias, eso sí, muchas de ellas coincidentes (aunque salvando las distancias). Y eran esas coincidencias la base de la fuerza que inexplicablemente les unía, porque el destino había labrado sus caracteres a base de golpes similares, de heridas en los mismos lugares.
Sí, sus caminos se habían encontrado. Y por delante senda pero no destino. "¿Qué más da? Ya hemos podido comprobar que el camino puede dar tantas satisfacciones como alcanzar el final del trayecto", se consolaron.
Unos días más tarde acabó de pulirse las casi 1.000 páginas del tocho. Entonces pudo leer una escueta frase, escrita a mano, justo al ladito del FIN correspondiente.
"¿Te gusta conducir?"
Recodo del trayecto entre Brasov y Sighisoara, en el epicentro de Transilvania. Mayo de 2007
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Historias de personas
jueves, 10 de mayo de 2007
Reflexiones (aparentemente) anacrónicas
Hace unos días tuve la oportunidad de asistir a un encuentro con Lech Walesa (ex Presidente de Polonia y Premio Nobel de la Paz) y Vaclav Havel (ex Presidente de la República Checa). Ambos fueron los líderes de sendos movimientos civiles que llevaron a cabo la revolución pacífica con la que se puso fin a los totalitarismos comunistas de sus respectivos países.
Los dos líderes repasaron las claves de esa transición que ha llevado a sus sociedades a niveles de bienestar y libertad impensables hace 20 años. Pero lo que me llamó la atención fueron sus menciones al rol que, desde su punto de vista, han jugado los Estados Unidos en la historia mundial del siglo pasado. Llamaban la atención esos comentarios por producirse en un momento de gran (y posiblemente merecido gracias al liderazgo que actualmente sufren, los pobres) descrédito y demonización de los Estados Unidos de América. Fueron unas observaciones que apelaban a la ampliación de la perspectiva histórica que es preciso tener. Las mencionadas reflexiones se verbalizaron aproximadamente de la siguiente forma y manera:
•"Europa generó dos grandes guerras mundiales. Y fueron los Estados Unidos los que, al final, permitieron alcanzar una salida (relativamente airosa, con la derrota de los totalitarismos causantes de las mismas) a esos conflictos"
•"Debemos a los Estados Unidos una gran parte de la transición de los países de antiguo régimen soviético a la democracia, por la presión implacable que ejerció durante años sobre la Unión Soviética. Cuanto menos, dicha presión sirvió para acelerar los acontecimientos"
Los dos líderes repasaron las claves de esa transición que ha llevado a sus sociedades a niveles de bienestar y libertad impensables hace 20 años. Pero lo que me llamó la atención fueron sus menciones al rol que, desde su punto de vista, han jugado los Estados Unidos en la historia mundial del siglo pasado. Llamaban la atención esos comentarios por producirse en un momento de gran (y posiblemente merecido gracias al liderazgo que actualmente sufren, los pobres) descrédito y demonización de los Estados Unidos de América. Fueron unas observaciones que apelaban a la ampliación de la perspectiva histórica que es preciso tener. Las mencionadas reflexiones se verbalizaron aproximadamente de la siguiente forma y manera:
•"Europa generó dos grandes guerras mundiales. Y fueron los Estados Unidos los que, al final, permitieron alcanzar una salida (relativamente airosa, con la derrota de los totalitarismos causantes de las mismas) a esos conflictos"
•"Debemos a los Estados Unidos una gran parte de la transición de los países de antiguo régimen soviético a la democracia, por la presión implacable que ejerció durante años sobre la Unión Soviética. Cuanto menos, dicha presión sirvió para acelerar los acontecimientos"
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Ventilando pensamientos
Praga en mi interior
Un recuerdo de los días de 1988 transcurridos en Praga quedó nítidamente cincelado en mi memoria. Lo conforman hileras de edificios, de fachadas desconchadas y grises, oscurecidas por el tiempo y la contaminación. Un aire roto, una atmósfera vacía y una dejadez que lo inunda todo.
Hoy veo esas fachadas repintadas hasta el más mínimo detalle. Un adoquinado lustroso de parque temático. Unas torres deliberadamente oscuras para recordarnos lo que este lugar fue hace no mucho tiempo. Y un aire limpio que recorta las siluetas de los campanarios sobre esas nubes que siempre están ahí.
Han pasado casi 20 años, casi como un soplo. Pero la transformación del alma de esta ciudad parece una metamorfosis de cinco generaciones. No queda nostalgia. Ha sido sustituida por una belleza brillantísima y sin paliativos. Una belleza de producto artificial que apabulla sin piedad a los que la contemplan.
Hoy me miro en el espejo y hago el esfuerzo de compararme con la imagen que la plata me devolvía la última vez que estuve aquí, en un ejercicio de competición con la metamorfosis de esta ciudad. Veo algunas marcas del tiempo rasgando la imagen de mí que veo reflejada. Pero también puedo contemplar las cicatrices del alma e, incluso, algunas heridas que siguen abiertas. Boquetes que duelen.
Pienso en la mano de pintura que necesita lo que hay dentro de mí, en algo o alguien que lustre lo que va quedando, como el pintor de las paredes de Praga.
O quizá sea mejor conformarse en la contemplación de la belleza rancia, gris y melancólica del pasado. La belleza que lo es precisamente por no estar restaurada, por ser más auténtica.
Es el Praga de 1988 que todavía está en mi interior.
Hoy veo esas fachadas repintadas hasta el más mínimo detalle. Un adoquinado lustroso de parque temático. Unas torres deliberadamente oscuras para recordarnos lo que este lugar fue hace no mucho tiempo. Y un aire limpio que recorta las siluetas de los campanarios sobre esas nubes que siempre están ahí.
Han pasado casi 20 años, casi como un soplo. Pero la transformación del alma de esta ciudad parece una metamorfosis de cinco generaciones. No queda nostalgia. Ha sido sustituida por una belleza brillantísima y sin paliativos. Una belleza de producto artificial que apabulla sin piedad a los que la contemplan.
Hoy me miro en el espejo y hago el esfuerzo de compararme con la imagen que la plata me devolvía la última vez que estuve aquí, en un ejercicio de competición con la metamorfosis de esta ciudad. Veo algunas marcas del tiempo rasgando la imagen de mí que veo reflejada. Pero también puedo contemplar las cicatrices del alma e, incluso, algunas heridas que siguen abiertas. Boquetes que duelen.
Pienso en la mano de pintura que necesita lo que hay dentro de mí, en algo o alguien que lustre lo que va quedando, como el pintor de las paredes de Praga.
O quizá sea mejor conformarse en la contemplación de la belleza rancia, gris y melancólica del pasado. La belleza que lo es precisamente por no estar restaurada, por ser más auténtica.
Es el Praga de 1988 que todavía está en mi interior.
domingo, 22 de abril de 2007
La teoría de la relatividad
La teoría de la relatividad (no la de Einstein, sino otra) es útil para sobrevivir. Un post de Óscar me ha hecho reflexionar sobre esta cuestión fundamental. Él ha observado a un asiático en el metro estudiando el código de circulación y le ha hecho pensar: "Bueno, en realidad, no tengo tanto de qué quejarme, no estoy tan mal" y "Si él puede con el código, yo puedo con el lenguaje de programación".
Una frase hecha nos recuerda que las comparaciones son odiosas. Pero se trata simplemente de eso, de una frase hecha, de una afirmación hipócrita. La realidad y muchas de las decisiones que tomamos en el día a día se basan en alinear nuestras observaciones y evaluar las diferencias. Tener puntos de referencia es algo central en nuestras vidas. Las referencias nos hacen comparar. Y la comparación, a menudo, se convierte en un flotador que nos salva cuando el agua nos llega a la nariz. Al final todo (o casi todo) es relativo.
En el mundo de la empresa, a la comparación a veces se le llama benchmarking. Se compara el resultado de diferentes vendedores, organizaciones, regiones, ejecutivos, filiales. De la comparación surge la competencia. Y la competencia genera eficiencia. Esa competencia sobre la que se sostiene el único sistema económico que, aunque imperfecto, ha demostrado funcionar sin llevar los mercados y la riqueza de las sociedades al colapso. La comparación es una herramienta que permite observar donde hay margen para la mejora.
No estoy negando que haya, y sean necesarios, puntos de partida con valores absolutos. Simplemente reivindico el paso posterior, inmediato a su existencia: la labor de usar la balanza para determinar nuestros comportamientos y ayudar a encaminar nuestras decisiones hacia el lugar correcto (o hacia el menos equivocado).
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Empresa y sentimiento
martes, 17 de abril de 2007
Una oportunidad
Alondra tiene nombre de telenovela. Tiene doce años, es gitana y sorda. Sólo acude al colegio un 20% de los días. Todavía no sabe leer ni escribir. Pero hay alguien que, a contracorriente y cuando se tercia porque a Alondra le da por aterrizar en el colegio, la saca de clase para meterle en la cocorota esas malditas vocales que no acaba de identificar. "Qué pesao. Otra ve las letras".
Christian sufre un retraso mental leve pero sus padres no lo quieren ver. A sus diez años, como consecuencia de su microcefalia, no es capaz de asociar las cosas a sus nombres. Ve las imágenes. Conoce las palabras. Pero no es capaz de relacionar unas con otras. Hoy ha costado un buen rato que llamase uvas al dibujo del racimo que alguien le enseñó. Pero, como se ha portado bien, "repasarán" los animales. Christian da un salto de alegría y aplaude con fuerza. La primera de las imágenes es un bicho con plumas de mirada fija y penetrante. "¡Buho!". Los animales se los sabe todos. Hoy la sonrisa no se la quita nadie hasta el final de la clase.
Puede ser que en casa de Alondra nunca vaya a haber nadie que la obligue a ir al colegio y, por eso, es probable que jamás vuele sola. Quizá la ceguera de los padres de Christian se alíe con la microcefalia que sufre y haga imposible que algún día se valga por sí mismo.
Pero hay alguien que cada mañana se va al extrarradio de Madrid y se desgañita para que estos niños puedan tener una oportunidad.
Christian sufre un retraso mental leve pero sus padres no lo quieren ver. A sus diez años, como consecuencia de su microcefalia, no es capaz de asociar las cosas a sus nombres. Ve las imágenes. Conoce las palabras. Pero no es capaz de relacionar unas con otras. Hoy ha costado un buen rato que llamase uvas al dibujo del racimo que alguien le enseñó. Pero, como se ha portado bien, "repasarán" los animales. Christian da un salto de alegría y aplaude con fuerza. La primera de las imágenes es un bicho con plumas de mirada fija y penetrante. "¡Buho!". Los animales se los sabe todos. Hoy la sonrisa no se la quita nadie hasta el final de la clase.
Puede ser que en casa de Alondra nunca vaya a haber nadie que la obligue a ir al colegio y, por eso, es probable que jamás vuele sola. Quizá la ceguera de los padres de Christian se alíe con la microcefalia que sufre y haga imposible que algún día se valga por sí mismo.
Pero hay alguien que cada mañana se va al extrarradio de Madrid y se desgañita para que estos niños puedan tener una oportunidad.
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Historias de personas
Lo que hay que hacer si vas a Moher
Moher es el nombre que recibe un paraje al oeste de Irlanda famoso en el país porque justo en ese lugar 4 inmensas paredes de piedra se desploman sobre el océano Atlántico.
Hace unos años a alguien se le ocurrió una genial idea. Políticos locales y capitalinos y arquitectos de pro decidieron, con el apoyo de los siempre utilísimos fondos de la Unión Europea, construir sobre los prados que coronan los acantilados un macro centro de acogida para turistas. Una especie de mini parque temático dedicado al acantilado. Y urbanizaron la zona construyendo un amplio camino de piedra para pasear a más de 5 metros del precipicio. Se llevaron consigo la magia del lugar.
*******************
Es ya tarde. Va quedando poca gente. En cierto lugar descubrimos una enorme plataforma de piedra, prácticamente plana por la erosión, que se asoma valientemente sobre los más de doscientos metros que la separan del agua. Saltamos el muro de piedra que separa el camino empedrado del abismo y alcanzamos el borde de la plataforma. Nos sentamos descolgando las piernas en el vacío y contemplamos la pequeña bola amarilla que en ese momento se encamina hacia su chapuzón diario. Y tenemos lo que veníamos a buscar: la luz del atardecer recortando los acantilados ante nuestra mirada. La sensación del viento sobre nuestras caras. El sonido del agua golpeando salvajemente la roca. Y por fin, vivimos el vértigo de la altura, la experiencia mágica de Moher.
A veces, lo que hay que hacer es pasarse las normas por el forro. En Moher hay que saltar la valla.
Hace unos años a alguien se le ocurrió una genial idea. Políticos locales y capitalinos y arquitectos de pro decidieron, con el apoyo de los siempre utilísimos fondos de la Unión Europea, construir sobre los prados que coronan los acantilados un macro centro de acogida para turistas. Una especie de mini parque temático dedicado al acantilado. Y urbanizaron la zona construyendo un amplio camino de piedra para pasear a más de 5 metros del precipicio. Se llevaron consigo la magia del lugar.
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Es ya tarde. Va quedando poca gente. En cierto lugar descubrimos una enorme plataforma de piedra, prácticamente plana por la erosión, que se asoma valientemente sobre los más de doscientos metros que la separan del agua. Saltamos el muro de piedra que separa el camino empedrado del abismo y alcanzamos el borde de la plataforma. Nos sentamos descolgando las piernas en el vacío y contemplamos la pequeña bola amarilla que en ese momento se encamina hacia su chapuzón diario. Y tenemos lo que veníamos a buscar: la luz del atardecer recortando los acantilados ante nuestra mirada. La sensación del viento sobre nuestras caras. El sonido del agua golpeando salvajemente la roca. Y por fin, vivimos el vértigo de la altura, la experiencia mágica de Moher.
A veces, lo que hay que hacer es pasarse las normas por el forro. En Moher hay que saltar la valla.
miércoles, 28 de marzo de 2007
Ocurrió en la presentación de un libro
Las páginas de la recientísima edición española de un libro de gestión empresarial escrito por un socio mío de la ciudad de Chicago son reveladoras de una tesis cuanto menos interesante. Su título, loable conato de esfuerzo comercial: "Treasure Hunt" ("A la caza del tesoro" en su versión española)
Sostiene el autor que el patrón de consumo del futuro se está polarizando (y sofisticando): los compradores de hoy deciden que hay unas categorías que les importan menos y otras que son más relevantes para ellos, que les aportan más valor (en todas sus vertientes: funcional, psicológica, social, etc). Cuando adquieren productos relacionados con el primer tipo de categorías, tratan de reducir su gasto, buscar la ganga, encontrar el producto chollo, con atributos mínimos que satisfagan la necesidad funcional básica que deben cubrir. A la hora de buscar productos pertenecientes a la segunda categoría, los nuevos consumidores se desmelenan y dedican los ahorros que provienen de "ganguear" a la adquisición de productos de elevada calidad, de diseño a la última o de la marca que esté más de moda.
Al primero de los fenómenos, el autor lo llama "trade-down" (reducir las expectativas y el nivel de los bienes o servicios adquiridos). Al segundo se le denomina "trade-up", el nuevo lujo. El lujo al que están accediendo capas sociales de consumidores que hace años ningún fabricante de este tipo de productos se hubiera molestado siquiera en analizar.
Esta tendencia influye a sobremanera en la estrategia que deben seguir (o ya están siguiendo) muchas empresas: deben adaptar su catálogo de productos hacia la gama alta y hacia la gama baja. Quedarse en medio puede suponer el fin.
En un momento dado, el autor de las páginas a las que me estoy refiriendo pasó por Madrid a revelarnos los secretos y las historias que esconden sus ideas.
Y fue entonces cuando le vi: alguien escuchaba especialmente atento a las explicaciones del autor. A cómo iba desgranando sus argumentos, a cómo iba desplegando los análisis que justificaban sus tesis. Sus ojos estaban anormalmente abiertos. Su mirada fija y su boca entreabierta delataban que se hallaba en un trance casi de concentración infinita. En su cerebro se amontonaban las imágenes de decenas de situaciones en las que se había rebajado como persona, en la que se había humillado realizando un ejercicio de "trade-down" salvaje de sus sentimientos. Había puesto en venta su cuerpo y su alma al mejor postor y les había fijado un precio de partida irrisorio incluso en comparación con las más agresivas empresas low cost de transporte aéreo. La soledad le asustaba. El no ser valorado y reconocido le aterraba. Y la reacción tuvo un impacto demoledor en su autoestima y en su cotización, que ahora se hallaba por los suelos. Lo peor de todo es que ahora se daba cuenta de que en el mercado en el que se comerciaba con su persona, su "trade down" personal sólo servía para que aquellos que estaban interesados en su producto ahorraran fuerzas para poder desplegar su verdadera capacidad ante el lado opuesto de la gama: los que se vendían como objetos de lujo. Y entonces se sintió saldo. Se sintió un mero trámite humano para que el engranaje del comercio de los sentimientos funcionase correctamente. A expensas suyas.
Ese día su vida cambio: ya sabía cuál era su lugar en el cosmos de su mercado.
Sostiene el autor que el patrón de consumo del futuro se está polarizando (y sofisticando): los compradores de hoy deciden que hay unas categorías que les importan menos y otras que son más relevantes para ellos, que les aportan más valor (en todas sus vertientes: funcional, psicológica, social, etc). Cuando adquieren productos relacionados con el primer tipo de categorías, tratan de reducir su gasto, buscar la ganga, encontrar el producto chollo, con atributos mínimos que satisfagan la necesidad funcional básica que deben cubrir. A la hora de buscar productos pertenecientes a la segunda categoría, los nuevos consumidores se desmelenan y dedican los ahorros que provienen de "ganguear" a la adquisición de productos de elevada calidad, de diseño a la última o de la marca que esté más de moda.
Al primero de los fenómenos, el autor lo llama "trade-down" (reducir las expectativas y el nivel de los bienes o servicios adquiridos). Al segundo se le denomina "trade-up", el nuevo lujo. El lujo al que están accediendo capas sociales de consumidores que hace años ningún fabricante de este tipo de productos se hubiera molestado siquiera en analizar.
Esta tendencia influye a sobremanera en la estrategia que deben seguir (o ya están siguiendo) muchas empresas: deben adaptar su catálogo de productos hacia la gama alta y hacia la gama baja. Quedarse en medio puede suponer el fin.
En un momento dado, el autor de las páginas a las que me estoy refiriendo pasó por Madrid a revelarnos los secretos y las historias que esconden sus ideas.
Y fue entonces cuando le vi: alguien escuchaba especialmente atento a las explicaciones del autor. A cómo iba desgranando sus argumentos, a cómo iba desplegando los análisis que justificaban sus tesis. Sus ojos estaban anormalmente abiertos. Su mirada fija y su boca entreabierta delataban que se hallaba en un trance casi de concentración infinita. En su cerebro se amontonaban las imágenes de decenas de situaciones en las que se había rebajado como persona, en la que se había humillado realizando un ejercicio de "trade-down" salvaje de sus sentimientos. Había puesto en venta su cuerpo y su alma al mejor postor y les había fijado un precio de partida irrisorio incluso en comparación con las más agresivas empresas low cost de transporte aéreo. La soledad le asustaba. El no ser valorado y reconocido le aterraba. Y la reacción tuvo un impacto demoledor en su autoestima y en su cotización, que ahora se hallaba por los suelos. Lo peor de todo es que ahora se daba cuenta de que en el mercado en el que se comerciaba con su persona, su "trade down" personal sólo servía para que aquellos que estaban interesados en su producto ahorraran fuerzas para poder desplegar su verdadera capacidad ante el lado opuesto de la gama: los que se vendían como objetos de lujo. Y entonces se sintió saldo. Se sintió un mero trámite humano para que el engranaje del comercio de los sentimientos funcionase correctamente. A expensas suyas.
Ese día su vida cambio: ya sabía cuál era su lugar en el cosmos de su mercado.
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Empresa y sentimiento
lunes, 19 de marzo de 2007
Madrid

Hay un Madrid de grandes avenidas, de fachadas iluminadas, de imponentes edificios que juegan a ser imperiales. Hay un Madrid de pisos de trescientos metros cuadrados donde las cenas de amigos las sirve un camarero de guante blanco.
Hay un Madrid de gente que vive en bajos oscuros de habitaciones realquiladas o en palomares acondicionados al uso de otro tipo de animales. Un Madrid de fachadas descarnadas de puro hormigón.
Hay un Madrid de calles en cuesta, que salvan con escalones empedrados sin fin. Un Madrid antiguo lleno de sorpresas, rincones y tesoros por descubrir. Un Madrid con muchas historias que contar porque muchas de ellas nunca han llegado a contarse.
Hay un Madrid donde no importa de qué pie cojeas, porque da igual. Un Madrid abierto y tolerante donde qué más da lo que hagas o puedas hacer mientras no molestes a los demás.
Hay en Madrid un secreto, un pequeño jardín colgante, en una esquinita de La Latina, de suelo enlosado de ladrillo viejo, que pocos conocen. Un jardín que siempre estará en mi memoria.
Hay un Madrid de cines en versión original, de escenarios, luces y bambalinas, de rincones que recuerdan a tantas otras escenas que vimos en la pantalla. Hay un Madrid de actores y actrices que cada día interpretan su función y luchan por llegar a fin de mes, o por realizar sus sueños, o por conseguir grabar un disco.
Hay un Madrid con versos incrustados sobre el pavimento de las calles. Un Madrid para pasear y para leer, donde las horas y los fines de semana se cuelan entre los dedos como si fueran arena fina de playa.
Hay un Madrid de imponentes iglesias y de cúpulas inalcanzables. Un Madrid con viaducto al que un amigo mío evitó muchas visitas de suicidas, de gente que había perdido la esperanza y probablemente no encontró consuelo bajo techo sagrado. Pero también hay un Madrid de gente que tiene fe y obra en consecuencia aunque siguiendo diferentes vericuetos.
Hay un Madrid del poder, de torres de cristal, de oficinas de diseño, de alturas de vértigo que impresionan e imponen a quienes las visitan.
Ahora ya conozco todos esos madrides.
Pero no hay Madrid si es sin ti.
Hay un Madrid de gente que vive en bajos oscuros de habitaciones realquiladas o en palomares acondicionados al uso de otro tipo de animales. Un Madrid de fachadas descarnadas de puro hormigón.
Hay un Madrid de calles en cuesta, que salvan con escalones empedrados sin fin. Un Madrid antiguo lleno de sorpresas, rincones y tesoros por descubrir. Un Madrid con muchas historias que contar porque muchas de ellas nunca han llegado a contarse.
Hay un Madrid donde no importa de qué pie cojeas, porque da igual. Un Madrid abierto y tolerante donde qué más da lo que hagas o puedas hacer mientras no molestes a los demás.
Hay en Madrid un secreto, un pequeño jardín colgante, en una esquinita de La Latina, de suelo enlosado de ladrillo viejo, que pocos conocen. Un jardín que siempre estará en mi memoria.
Hay un Madrid de cines en versión original, de escenarios, luces y bambalinas, de rincones que recuerdan a tantas otras escenas que vimos en la pantalla. Hay un Madrid de actores y actrices que cada día interpretan su función y luchan por llegar a fin de mes, o por realizar sus sueños, o por conseguir grabar un disco.
Hay un Madrid con versos incrustados sobre el pavimento de las calles. Un Madrid para pasear y para leer, donde las horas y los fines de semana se cuelan entre los dedos como si fueran arena fina de playa.
Hay un Madrid de imponentes iglesias y de cúpulas inalcanzables. Un Madrid con viaducto al que un amigo mío evitó muchas visitas de suicidas, de gente que había perdido la esperanza y probablemente no encontró consuelo bajo techo sagrado. Pero también hay un Madrid de gente que tiene fe y obra en consecuencia aunque siguiendo diferentes vericuetos.
Hay un Madrid del poder, de torres de cristal, de oficinas de diseño, de alturas de vértigo que impresionan e imponen a quienes las visitan.
Ahora ya conozco todos esos madrides.
Pero no hay Madrid si es sin ti.
sábado, 17 de marzo de 2007
Cuando navegas y hay mala mar
De sus veranos navegando había aprendido mucho. Esas jornadas de agua y de sal le habían proporcionado un tesoro de conocimientos y experiencias. Pero algo resaltaba dentro de ese bagaje de nueva sabiduría: Si la mar se pone brava, si arrecia el temporal y vas en la dirección equivocada, arría las velas. O al menos sitúalas de otra manera. O cambia de rumbo. O haz algo. Porque la alternativa es una singladura a trompicones, escorada hasta el límite. Incómoda desde luego. Pero incluso peligrosa.
Había aprendido a hacer rápidos sus movimientos sobre la cubierta. La mala mar había activado su resorte de supervivencia y aprendió a enrollar la génova o a plegar la vela mayor a una velocidad de vértigo. Sabía cómo actuar en cada momento, según veía el viento evolucionar, las aguas vibrar o el camino a realizar.
Ahora en su vida el temporal arrecia. El condenado viento sopla huracanado, y, lo que es peor: lo hace de forma errática. Tampoco sabe a ciencia cierta si la singladura es la correcta y si el rumbo elegido es el más apropiado para cubrir ese trayecto. Lo único que ve claro es que el velero navega escoradísimo, al límite. Su maestro y mago-patrón (o patrón-mago, ya que nadie sabe cuál es su verdadera vocación) le había aclarado sin embargo que no se preocupara. "Estos barcos no los hunde ni un huracán. Sigue tu rumbo".
La elección de la singladura no tiene marcha atrás. No depende de él y lo sabe. Sólo hay un objetivo en su vida y tiene que alcanzarlo. O, al menos, intentarlo. Pero ahora ve que unos cuantos de los grados a estribor que marcan su rumbo los fijan el odio y la impotencia que se han apoderado de su espíritu y de su voluntad. Que se han acomodado, sin que nadie les haya invitado, en la cara oculta de su corazón.
"Hay que extirparlos". "Hay que matizar el rumbo". Resuelto y de esta forma y manera se lo ha expresado a los que le rodean. Y da un golpe de mano al timón hasta que la brújula marca de forma contundente y clara unos números diferentes.
Es de noche, se tumba en la cama y levanta el edredón hasta que cubre su cara. Es su reacción natural desde hace tiempo cuando se acuesta: consigue una sensación pasajera de aislamiento. De que aquello que ocurre a su alrededor no va con él. Pero sí va. Y los nuevos habitantes de su corazón comienzan su tarea de todas las noches: comienzan a inundar su cabeza de imágenes, de palabras, de vídeos en súper 8. Entonces lleva con fuerza sus piernas hacia su pecho. Se acurruca sobre el colchón, da el volantazo y hoy, por ejemplo, comienza a desplegar sobre su retina las fotos de aquel verano de 1986 en Escocia.
Había aprendido a hacer rápidos sus movimientos sobre la cubierta. La mala mar había activado su resorte de supervivencia y aprendió a enrollar la génova o a plegar la vela mayor a una velocidad de vértigo. Sabía cómo actuar en cada momento, según veía el viento evolucionar, las aguas vibrar o el camino a realizar.
Ahora en su vida el temporal arrecia. El condenado viento sopla huracanado, y, lo que es peor: lo hace de forma errática. Tampoco sabe a ciencia cierta si la singladura es la correcta y si el rumbo elegido es el más apropiado para cubrir ese trayecto. Lo único que ve claro es que el velero navega escoradísimo, al límite. Su maestro y mago-patrón (o patrón-mago, ya que nadie sabe cuál es su verdadera vocación) le había aclarado sin embargo que no se preocupara. "Estos barcos no los hunde ni un huracán. Sigue tu rumbo".
La elección de la singladura no tiene marcha atrás. No depende de él y lo sabe. Sólo hay un objetivo en su vida y tiene que alcanzarlo. O, al menos, intentarlo. Pero ahora ve que unos cuantos de los grados a estribor que marcan su rumbo los fijan el odio y la impotencia que se han apoderado de su espíritu y de su voluntad. Que se han acomodado, sin que nadie les haya invitado, en la cara oculta de su corazón.
"Hay que extirparlos". "Hay que matizar el rumbo". Resuelto y de esta forma y manera se lo ha expresado a los que le rodean. Y da un golpe de mano al timón hasta que la brújula marca de forma contundente y clara unos números diferentes.
Es de noche, se tumba en la cama y levanta el edredón hasta que cubre su cara. Es su reacción natural desde hace tiempo cuando se acuesta: consigue una sensación pasajera de aislamiento. De que aquello que ocurre a su alrededor no va con él. Pero sí va. Y los nuevos habitantes de su corazón comienzan su tarea de todas las noches: comienzan a inundar su cabeza de imágenes, de palabras, de vídeos en súper 8. Entonces lleva con fuerza sus piernas hacia su pecho. Se acurruca sobre el colchón, da el volantazo y hoy, por ejemplo, comienza a desplegar sobre su retina las fotos de aquel verano de 1986 en Escocia.
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jueves, 8 de marzo de 2007
La escultora con nombre de dulce
Sus íntimos y más allegados, aquellos que forman la primera capa de la cebolla que recubre este gran corazón, utilizan el nombre de un blanco y dulce elemento para referirse a ella.
Sufre hiperactividad contagiada (de la primera capa de cebolla) y a su vez ella la inocula a su alrededor. De igual forma, ella contagia su risa a los demás y les inocula su buen humor a menudo transformada en una "Misis planes". Esculpe sonrisas con la fuerza de sus palabras en las caras de los que están cerca suyo y piensan que más bajo no se puede ir. Por eso, a veces sucede. Pasa y piensas que no puede ser. Pero ocurre: una situación dramática salta por los aires y se volatiliza, un muro de tristeza se derrumba bombardeado por decibelios de carcajadas. Es inaudito. Hay que verlo para creerlo.
Terca como una mula, se mete demasiadas veces, y demasiado a fondo hay que decir, donde no la llaman. En esas situaciones cae, porque tiene que caer. Porque su corazón es más grande que su cabezota. Las lágrimas también saben pasearse de vez en cuando por sus mejillas.
Perfeccionista al límite. En el abismo de lo racional. Muy lista, la muy cabrona. Pero la chica escultora de sonrisas sigue erre que erre y llega y transforma tu día.
Tenemos suerte los que podemos cobijarnos cuando lo necesitamos a la sombra de la escultora con nombre de dulce.
Sufre hiperactividad contagiada (de la primera capa de cebolla) y a su vez ella la inocula a su alrededor. De igual forma, ella contagia su risa a los demás y les inocula su buen humor a menudo transformada en una "Misis planes". Esculpe sonrisas con la fuerza de sus palabras en las caras de los que están cerca suyo y piensan que más bajo no se puede ir. Por eso, a veces sucede. Pasa y piensas que no puede ser. Pero ocurre: una situación dramática salta por los aires y se volatiliza, un muro de tristeza se derrumba bombardeado por decibelios de carcajadas. Es inaudito. Hay que verlo para creerlo.
Terca como una mula, se mete demasiadas veces, y demasiado a fondo hay que decir, donde no la llaman. En esas situaciones cae, porque tiene que caer. Porque su corazón es más grande que su cabezota. Las lágrimas también saben pasearse de vez en cuando por sus mejillas.
Perfeccionista al límite. En el abismo de lo racional. Muy lista, la muy cabrona. Pero la chica escultora de sonrisas sigue erre que erre y llega y transforma tu día.
Tenemos suerte los que podemos cobijarnos cuando lo necesitamos a la sombra de la escultora con nombre de dulce.
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martes, 6 de marzo de 2007
Lo que hay, es lo que ves
no tengo mucho más que ofrecer
creo que lo que hay es lo que ves
a veces pongo un poco de ilusión
y se enciende una bombilla...
"Lo que hay, es lo que ves". Por la vía de la palabra escrita o con sonidos lanzados al aire, incluso con gestos elocuentes había tratado de hacérselo ver. Sin trampa ni cartón. Todo transparente como agua clarita. No quería llevarle a un oasis que en realidad es una ilusión óptica. Una mentira.
Sin embargo, en su ansia por superar las barreras al filo de lo imposible, de forzar su capacidad al límite, casi se rompe y su alma se hace añicos. Lo ha intentado muchas veces. Planes, paseos, viajes. Nuevos atardeceres. Diferentes amaneceres. Rincones de Madrid que sin ti no significan nada. Simplemente no cuentan. Desaparecen.
Pero su cuerpo, su empequeñecida figura, parecía no dar más de sí. Una gota de agua caía del cielo, pero el efecto en él era el de una riada incontrolable que lo arrasaba todo a su camino. "No aguanto una centésima parte de presión adicional. Simplemente no puedo. ¿O no quiero?"
Luego leyó aquella frase: "¡Mereces tanto la pena, coño!". Seguro que si pones un poco de ilusión, alguna bombilla se encenderá, dice la canción. ¿Aguantará mientras dure este maldito y oscuro túnel?. Mira que yo he pasado túneles de 25 kilómetros en Noruega que son la hostia!
N del A: las palabras que abren este post provienen de una canción de Álvaro Fraile. Tuve la enorme suerte y placer de conocerle y poder asistir a la presentación de su primer disco en la sala Galileo Galilei de Madrid. Tiene un enorme talento. Mucha suerte, Álvaro. www.alvarofraile.com
creo que lo que hay es lo que ves
a veces pongo un poco de ilusión
y se enciende una bombilla...
"Lo que hay, es lo que ves". Por la vía de la palabra escrita o con sonidos lanzados al aire, incluso con gestos elocuentes había tratado de hacérselo ver. Sin trampa ni cartón. Todo transparente como agua clarita. No quería llevarle a un oasis que en realidad es una ilusión óptica. Una mentira.
Sin embargo, en su ansia por superar las barreras al filo de lo imposible, de forzar su capacidad al límite, casi se rompe y su alma se hace añicos. Lo ha intentado muchas veces. Planes, paseos, viajes. Nuevos atardeceres. Diferentes amaneceres. Rincones de Madrid que sin ti no significan nada. Simplemente no cuentan. Desaparecen.
Pero su cuerpo, su empequeñecida figura, parecía no dar más de sí. Una gota de agua caía del cielo, pero el efecto en él era el de una riada incontrolable que lo arrasaba todo a su camino. "No aguanto una centésima parte de presión adicional. Simplemente no puedo. ¿O no quiero?"
Luego leyó aquella frase: "¡Mereces tanto la pena, coño!". Seguro que si pones un poco de ilusión, alguna bombilla se encenderá, dice la canción. ¿Aguantará mientras dure este maldito y oscuro túnel?. Mira que yo he pasado túneles de 25 kilómetros en Noruega que son la hostia!
N del A: las palabras que abren este post provienen de una canción de Álvaro Fraile. Tuve la enorme suerte y placer de conocerle y poder asistir a la presentación de su primer disco en la sala Galileo Galilei de Madrid. Tiene un enorme talento. Mucha suerte, Álvaro. www.alvarofraile.com
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martes, 20 de febrero de 2007
La carta
"Querido Álvaro:
Gracias por confiar de nuevo en mí, y en mi criterio (ya que uno y otro somos aliados).
Me ha gustado mucho el texto que me mandas. Como casi todo lo que te leo, es original, tiene fuerza y tiene personalidad. Sobre todo eso: tiene tu sello. Y tener sello es muy importante en esto de la escritura.
Como siempre (ya sabes, vengo de una escuela en la que por muy perfecto que sea algo, siempre se encuentran áreas de mejora), he hecho algunas correcciones. Usas mucho la coma como signo puntuación. ¿Es uso, o abuso?. A mi me va más el punto, ya lo sabes. Al menos, el punto y seguido. A veces el aparte también me apetece, pero menos. Será porque en el colegio no paraban de darme la lata con el rollo de las frases cortas, que lo explican todo más clarito. Yo, el punto. Tú, la coma. Yo, las decisiones temperamentales y definitivas. Tú, la pausa y la respuesta más meditada. Yo camino hacia lo irreversible. Tú avanzas tranquilo y paciente, dejando menos puertas cerradas a cal y canto.
En cualquier caso, a lo que iba. Creo que sería bueno que el tema de la puntuacion y de la longitud de las frases que utilizas lo comentaras con tu profesora. Que te diera su punto de vista tanto desde la vertiente de la corrección técnica como del estilo. Sácale un poco de juguillo individualizado a tu realidad. A tu escritura.
Sigue así. Persevera porque vas por buen camino.
Y no me malinterpretes. La coma tiene también su utilidad.
Siempre a tu disposición.
Recibe un fuerte abrazo"
Gracias por confiar de nuevo en mí, y en mi criterio (ya que uno y otro somos aliados).
Me ha gustado mucho el texto que me mandas. Como casi todo lo que te leo, es original, tiene fuerza y tiene personalidad. Sobre todo eso: tiene tu sello. Y tener sello es muy importante en esto de la escritura.
Como siempre (ya sabes, vengo de una escuela en la que por muy perfecto que sea algo, siempre se encuentran áreas de mejora), he hecho algunas correcciones. Usas mucho la coma como signo puntuación. ¿Es uso, o abuso?. A mi me va más el punto, ya lo sabes. Al menos, el punto y seguido. A veces el aparte también me apetece, pero menos. Será porque en el colegio no paraban de darme la lata con el rollo de las frases cortas, que lo explican todo más clarito. Yo, el punto. Tú, la coma. Yo, las decisiones temperamentales y definitivas. Tú, la pausa y la respuesta más meditada. Yo camino hacia lo irreversible. Tú avanzas tranquilo y paciente, dejando menos puertas cerradas a cal y canto.
En cualquier caso, a lo que iba. Creo que sería bueno que el tema de la puntuacion y de la longitud de las frases que utilizas lo comentaras con tu profesora. Que te diera su punto de vista tanto desde la vertiente de la corrección técnica como del estilo. Sácale un poco de juguillo individualizado a tu realidad. A tu escritura.
Sigue así. Persevera porque vas por buen camino.
Y no me malinterpretes. La coma tiene también su utilidad.
Siempre a tu disposición.
Recibe un fuerte abrazo"
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lunes, 12 de febrero de 2007
More than one hundred
"I know that I will cry when I have to go back to Chicago. I might be saying goodbye for ever to her". I listened with a smile to what Maria had to tell me about our grand mother.
************************************
She spent a chunk of her childhood going through illnesses. A doctor finally said to his father that he had to move her from the seaside. There was no drug that could save her in 1907. It worked. The medicine was a drier weather. The secret of her long life, she always reminded me, was to spend the nights with her windows open. Even during the coldest days of the winter. Who knows.
She now has 17 grandchildren and 14 great grand children (and two more –to my knowledge- that are coming).
She falls asleep on her chair, like a baby. Then she wakes up and asks for her favorite magazine because she wants to read.
- Do you know who I am – I say
- You are the oldest – she replies
- And what is my name?
- You are Luis.
And she falls asleep again.
************************************
"I take your point but I don't agree. Abuela's birthday should be a party to celebrate life. A party in which we all have fun and laugh. No room for cries."
Our grand mother is one hundred years and five days old today.
************************************
She spent a chunk of her childhood going through illnesses. A doctor finally said to his father that he had to move her from the seaside. There was no drug that could save her in 1907. It worked. The medicine was a drier weather. The secret of her long life, she always reminded me, was to spend the nights with her windows open. Even during the coldest days of the winter. Who knows.
She now has 17 grandchildren and 14 great grand children (and two more –to my knowledge- that are coming).
She falls asleep on her chair, like a baby. Then she wakes up and asks for her favorite magazine because she wants to read.
- Do you know who I am – I say
- You are the oldest – she replies
- And what is my name?
- You are Luis.
And she falls asleep again.
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"I take your point but I don't agree. Abuela's birthday should be a party to celebrate life. A party in which we all have fun and laugh. No room for cries."
Our grand mother is one hundred years and five days old today.
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domingo, 4 de febrero de 2007
La fatiga del querer
Lérida, primavera de 1984
Enfundada en su chándal de diseño, tocados sus tobillos por calentadores de lana, al ritmo de las notas de Flashdance, la veía avanzar pedaleando su bicicleta por las calles de la ciudad.
Una tarde se detuvo en un jardín con nombre de músico y se encontró con él. No se lo esperaba, pero aquel tipo se sacó de la manga un taper lleno de fresas, su fruta favorita. Las primeras de la temporada. Su corazón se hinchó, y se dispuso a acomodar las imágenes del recuerdo de este encuentro en la zona más noble de su memoria. Se aseguró de que no las fuera a olvidar nunca. Él sabe que nunca lo ha hecho.
Siguieron los mejores momentos de su adolescencia, cuajados de torpes besos y caricias contra las paredes enmoquetadas del portal de su casa.
Barcelona, primavera de 1988
Querer fatiga. Querer y no ser correspondido mata de puro agotamiento. Los paseos por el barrio gótico se hacían interminables. Quería huir de la indeferencia que la niña ciclista proyectaba sobre él a cada paso. Pero pensar que si está cerca… si está cerca siempre podía haber una oportunidad.
Pero ese fin de semana, en Barcelona, no la hubo.
Siguieron decenas de notas escritas, miles de palabras sobre papel que se cruzaban cada mes por la autopista A2.
Lérida, primavera de 1992
"No te cases. Es el peor error que puedes cometer. Si quieres me voy yo contigo". Ese día no iba en chándal, ya no se desplazaba en bicicleta. Se había hecho mayor y sus palabras se habían vuelto sabias.
"Yo que sé. Yo me caso. Yo la quiero. Yo me voy. Yo quiero un futuro a su lado. Con ella no somos dos. Somos uno". Él no atendió a razones.
Siguieron años de alejamiento. De saber poco, o nada. De pensar a veces qué habrá sido de ella. Años de terror y de miedo.
Lisboa, primavera de 2006
"Esta caja esconde nuestra historia, nuestros secretos". Fueron sus palabras cuando al recibirla en Portugal le mostró a la ciclista de los calentadores una vieja caja de vinos cerrada a cal y canto. Eran las cartas de la A2. Habían sobrevivido al terror.
Juntos recordaron el pasado. Juntos escupieron sutiles reproches que llevaban amarrados al alma desde hacía mucho tiempo. Juntos hicieron pequeño aquel piso de Bordalo Pinheiro, que se achicaba a cada momento, con cada sonora carcajada. No pararon de reír en dos días. Y dejaron su sonido y sus pasos por las cuestas empedradas del Chiado.
Siguieron, qué caray, ya estamos en el siglo veintiuno, emails y llamadas al móvil al ritmo de un viento racheado, a veces tormentas de intercambios, en otras ocasiones tan sólo calma chicha. Cada uno en su lugar. Cada palabra tratando de taponar una herida.
Madrid, invierno de 2007
Exhaustos fueron a rendirse sobre una mesa de mármol del café de una bocacalle a dos pasitos de la Gran Vía. Aquel bar se llamaba Fatigas del Querer.
"Yo sueño mi futuro. Lo que me viene a la cabeza mientras duermo, luego se cumple". Ella teje sus proyectos en la cama y él quiere saber en qué soñó anoche.
"No te lo digo. Si no, se rompe la magia. Y el sueño no se cumple"
Pensando en sus sueños, viviendo de sus proyectos incumplidos, confiando en que por una vez sus ideas cambiarán en más de un gradito el rumbo de sus pasos, la niña de los calentadores madrugó para volar y volver al mar, a respirar sal. Mi niña no se ha dado cuenta de que desde donde está, no verá ponerse el sol sobre el horizonte del Mediterráneo. Yo ahora miro la puesta del sol sobre el mar, y ella el amanecer.
Enfundada en su chándal de diseño, tocados sus tobillos por calentadores de lana, al ritmo de las notas de Flashdance, la veía avanzar pedaleando su bicicleta por las calles de la ciudad.
Una tarde se detuvo en un jardín con nombre de músico y se encontró con él. No se lo esperaba, pero aquel tipo se sacó de la manga un taper lleno de fresas, su fruta favorita. Las primeras de la temporada. Su corazón se hinchó, y se dispuso a acomodar las imágenes del recuerdo de este encuentro en la zona más noble de su memoria. Se aseguró de que no las fuera a olvidar nunca. Él sabe que nunca lo ha hecho.
Siguieron los mejores momentos de su adolescencia, cuajados de torpes besos y caricias contra las paredes enmoquetadas del portal de su casa.
Barcelona, primavera de 1988
Querer fatiga. Querer y no ser correspondido mata de puro agotamiento. Los paseos por el barrio gótico se hacían interminables. Quería huir de la indeferencia que la niña ciclista proyectaba sobre él a cada paso. Pero pensar que si está cerca… si está cerca siempre podía haber una oportunidad.
Pero ese fin de semana, en Barcelona, no la hubo.
Siguieron decenas de notas escritas, miles de palabras sobre papel que se cruzaban cada mes por la autopista A2.
Lérida, primavera de 1992
"No te cases. Es el peor error que puedes cometer. Si quieres me voy yo contigo". Ese día no iba en chándal, ya no se desplazaba en bicicleta. Se había hecho mayor y sus palabras se habían vuelto sabias.
"Yo que sé. Yo me caso. Yo la quiero. Yo me voy. Yo quiero un futuro a su lado. Con ella no somos dos. Somos uno". Él no atendió a razones.
Siguieron años de alejamiento. De saber poco, o nada. De pensar a veces qué habrá sido de ella. Años de terror y de miedo.
Lisboa, primavera de 2006
"Esta caja esconde nuestra historia, nuestros secretos". Fueron sus palabras cuando al recibirla en Portugal le mostró a la ciclista de los calentadores una vieja caja de vinos cerrada a cal y canto. Eran las cartas de la A2. Habían sobrevivido al terror.
Juntos recordaron el pasado. Juntos escupieron sutiles reproches que llevaban amarrados al alma desde hacía mucho tiempo. Juntos hicieron pequeño aquel piso de Bordalo Pinheiro, que se achicaba a cada momento, con cada sonora carcajada. No pararon de reír en dos días. Y dejaron su sonido y sus pasos por las cuestas empedradas del Chiado.
Siguieron, qué caray, ya estamos en el siglo veintiuno, emails y llamadas al móvil al ritmo de un viento racheado, a veces tormentas de intercambios, en otras ocasiones tan sólo calma chicha. Cada uno en su lugar. Cada palabra tratando de taponar una herida.
Madrid, invierno de 2007
Exhaustos fueron a rendirse sobre una mesa de mármol del café de una bocacalle a dos pasitos de la Gran Vía. Aquel bar se llamaba Fatigas del Querer.
"Yo sueño mi futuro. Lo que me viene a la cabeza mientras duermo, luego se cumple". Ella teje sus proyectos en la cama y él quiere saber en qué soñó anoche.
"No te lo digo. Si no, se rompe la magia. Y el sueño no se cumple"
Pensando en sus sueños, viviendo de sus proyectos incumplidos, confiando en que por una vez sus ideas cambiarán en más de un gradito el rumbo de sus pasos, la niña de los calentadores madrugó para volar y volver al mar, a respirar sal. Mi niña no se ha dado cuenta de que desde donde está, no verá ponerse el sol sobre el horizonte del Mediterráneo. Yo ahora miro la puesta del sol sobre el mar, y ella el amanecer.
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miércoles, 31 de enero de 2007
Opinión, decisión y duda
"Dudar de todo es carecer de lo más precioso de la razón humana, que es el sentido común"
En algún lugar, en algún momento había leído estas palabras, que hace un rato volvían a mi mente.
No resisto a los seres humanos pusilánimes, invertebrados, carentes de opinión ante cualquier circunstancia.
Y sin embargo a veces las dudas me crucifican. Torpedean mi estado de ánimo en algunos momentos de decisiones cruciales. A veces, no hay vuelta atrás. Es precisamente en esos momentos, cuando tienes la sensación de que te juegas lo que más quieres.
Así, aguijoneado, me he sentido hoy mientras aceleraba el paso cuesta arriba por la calle Velázquez. La noche y el frío completaban un panorama desolador durante quinientos metros de paseo.
Por fortuna, el proceso de cuestionamiento es siempre el mismo. Dura lo justo. Y al torcer por general Oraá volví a avanzar resuelto, siguiendo el camino que me he marcado.
"Es menos malo agitarse en la duda que descansar en el error"
En algún lugar, en algún momento había leído estas palabras, que hace un rato volvían a mi mente.
No resisto a los seres humanos pusilánimes, invertebrados, carentes de opinión ante cualquier circunstancia.
Y sin embargo a veces las dudas me crucifican. Torpedean mi estado de ánimo en algunos momentos de decisiones cruciales. A veces, no hay vuelta atrás. Es precisamente en esos momentos, cuando tienes la sensación de que te juegas lo que más quieres.
Así, aguijoneado, me he sentido hoy mientras aceleraba el paso cuesta arriba por la calle Velázquez. La noche y el frío completaban un panorama desolador durante quinientos metros de paseo.
Por fortuna, el proceso de cuestionamiento es siempre el mismo. Dura lo justo. Y al torcer por general Oraá volví a avanzar resuelto, siguiendo el camino que me he marcado.
"Es menos malo agitarse en la duda que descansar en el error"
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