Ella sabía que andaba desbocada por el trapecio. Que había subido muy alto. Y que no había red. Que allá abajo no se veía una malla tupida, como la densa telaraña del metro de París, o incluso del de Madrid. Sabía que la hostia iba a ser monumental. Pero no le importaba.
Escalón a escalón había llegado arriba. Muy arriba. Como nunca jamás. Palabra a palabra. Ilusión a ilusión. A base de roces falsamente fortuitos al principio. Caricias después. Abrazos desesperados últimamente.
Se enganchó a él pensando que así nada les separaría. Ideando planes para toda la vida. Ocupando su cerebro permanentemente con sus imágenes. Sintiendo sobre la piel sus manos en todo momento. Construyendo precipitadamente un álbum de recuerdos con todos los sitios por los que habían pasado.
- Dime una huachafería por favor, aunque sea la última.
No hubo contestación.
La hostia fue monumental.
sábado, 23 de diciembre de 2006
Pedazo de año
Infierno y paraíso.
Guerra y paz.
Bofetadas y caricias.
Pequeños enemigos, grandes amigos.
Drama y comedia.
Piscina de lágrimas, mar de esperanza.
Del derecho y del revés.
Fantasmas en la cabeza, mariposas en la tripa
Oscuridad y luz.
Año montaña rusa.
Ha valido la pena.
Pedazo de 2006.
Guerra y paz.
Bofetadas y caricias.
Pequeños enemigos, grandes amigos.
Drama y comedia.
Piscina de lágrimas, mar de esperanza.
Del derecho y del revés.
Fantasmas en la cabeza, mariposas en la tripa
Oscuridad y luz.
Año montaña rusa.
Ha valido la pena.
Pedazo de 2006.
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viernes, 15 de diciembre de 2006
La otra cara de las cosas
I
Llega el final de año y es inevitable. Miramos (algunos de reojo) hacia atrás. Nos gusta hacer balance. Y también hacernos promesas con la vista puesta en el año que entra.
Al final todo se resume (o debería resumirse) en un criterio. En una única vara de medir el año. Esa unidad de medida se llama felicidad.
II
En las escuelas de negocios se enseña con profusión y se aplica en la teoría de algún lejano ejemplo, se sintetizan sus resultados y se extraen conclusiones de artificio: me refiero a una herramienta paradigmática de las clases de estrategia, el análisis DAFO. Los alumnos se esmeran en identificar las Debilidades, las Amenazas, las Fortalezas, las Debilidades de una compañía ficticia. Pero ellos lo viven como si fuera de verdad.
Como ejercicio intelectual no está mal. Puede ayudar a ordenar las ideas. Pero enseguida nos damos cuenta de que muchas fortalezas son simples lados positivos de debilidades, que muchas amenazas son lados oscuros de oportunidades que en realidad existen y arrojan luz. Los inconvenientes son la cara oculta y simétrica de los ventajas.
Cuando en el mundo de la realidad empresarial te enredas con el DAFO te puedes introducir en una tormenta conceptual. Sólo hay que darle una vuelta de tuerca a la debilidad para convertirla en fortaleza. Una amenaza se puede metamorfosear, con un poco de creatividad, en una oportunidad salvadora.
III
En diciembre miramos hacia atrás y nos preguntamos, ¿Qué es en realidad la felicidad?
No es mi intención banalizar ni simplificar en exceso una cuestión sobre la que se han escrito millones de páginas. No. Pero como me gusta huir de los largos tratados y aproximarme a los temas por la vía de las soluciones ejecutivas, al punto, exprés, lanzo aquí una idea simple que aprendí de un psiquiatra americano.
La felicidad es distancia.
La felicidad es el trayecto que existe entre lo que nos ocurre y lo que nos afecta. Si somos capaces de dominar el mecanismo por el cual lo que nos sucede y lo que acontece a nuestro alrededor impacta en nosotros, tendremos una de las claves fundamentales de la felicidad. La cuestión es maximizar el efecto en nosotros de lo bueno que nos ocurre y minimizar, sino anular, la proyección de lo malo sobre nosotros. O mejor: extraer cosas buenas de lo malo (que siempre las hay) y meterlas en la maleta. Extraer de la amenaza una oportunidad. Transformar una debilidad en una fortaleza.
Como hacen los alumnos aspirantes a empresarios de pro.
¿A que parece fácil?
Llega el final de año y es inevitable. Miramos (algunos de reojo) hacia atrás. Nos gusta hacer balance. Y también hacernos promesas con la vista puesta en el año que entra.
Al final todo se resume (o debería resumirse) en un criterio. En una única vara de medir el año. Esa unidad de medida se llama felicidad.
II
En las escuelas de negocios se enseña con profusión y se aplica en la teoría de algún lejano ejemplo, se sintetizan sus resultados y se extraen conclusiones de artificio: me refiero a una herramienta paradigmática de las clases de estrategia, el análisis DAFO. Los alumnos se esmeran en identificar las Debilidades, las Amenazas, las Fortalezas, las Debilidades de una compañía ficticia. Pero ellos lo viven como si fuera de verdad.
Como ejercicio intelectual no está mal. Puede ayudar a ordenar las ideas. Pero enseguida nos damos cuenta de que muchas fortalezas son simples lados positivos de debilidades, que muchas amenazas son lados oscuros de oportunidades que en realidad existen y arrojan luz. Los inconvenientes son la cara oculta y simétrica de los ventajas.
Cuando en el mundo de la realidad empresarial te enredas con el DAFO te puedes introducir en una tormenta conceptual. Sólo hay que darle una vuelta de tuerca a la debilidad para convertirla en fortaleza. Una amenaza se puede metamorfosear, con un poco de creatividad, en una oportunidad salvadora.
III
En diciembre miramos hacia atrás y nos preguntamos, ¿Qué es en realidad la felicidad?
No es mi intención banalizar ni simplificar en exceso una cuestión sobre la que se han escrito millones de páginas. No. Pero como me gusta huir de los largos tratados y aproximarme a los temas por la vía de las soluciones ejecutivas, al punto, exprés, lanzo aquí una idea simple que aprendí de un psiquiatra americano.
La felicidad es distancia.
La felicidad es el trayecto que existe entre lo que nos ocurre y lo que nos afecta. Si somos capaces de dominar el mecanismo por el cual lo que nos sucede y lo que acontece a nuestro alrededor impacta en nosotros, tendremos una de las claves fundamentales de la felicidad. La cuestión es maximizar el efecto en nosotros de lo bueno que nos ocurre y minimizar, sino anular, la proyección de lo malo sobre nosotros. O mejor: extraer cosas buenas de lo malo (que siempre las hay) y meterlas en la maleta. Extraer de la amenaza una oportunidad. Transformar una debilidad en una fortaleza.
Como hacen los alumnos aspirantes a empresarios de pro.
¿A que parece fácil?
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Empresa y sentimiento
lunes, 11 de diciembre de 2006
Padre Maruja
Lo confieso. En realidad me gusta.
Acabo de pasar 5 días seguidos con los 4 niños a solas en la casa de la montaña. Y claro: dosis triple de marujeo.
Abre la casa, deshaz maletas, ve a la compra, guisa, recoge y friega, plancha, prepara las camas, despioja, baña, da de cenar, viste y desviste, haz las coletas a las niñas ("Papá, tú siempre nos haces cola de caballo porque no sabes hacer otro peinado"), consigue que hagan los deberes y que lean, sal a pasear, dibuja, pinta y recorta los figuras de Navidad que hemos preparado para combatir la escasez adornos de este año en Lagasca.
El día es no parar.
- Veo una cosita que empieza por la A
- (...) Imposible me rindo
- ¡Ojo!
- Pero Joaquín: ¡no empieza por A!
Y poner paz.
- Papá, Joaquín me ha llamado gilimema
- ¡Eso no se dice! ¡Queréis parar, por favor!
Pero qué le voy a hacer. Me lo paso bien.
Lo sé. Que si tienes poca mano. Que si limpias sólo por encima. Que si qué arrugas dejas. No importa. No me van a desmoralizar.
Manolo, con tino, ya pilló mi falso lamento.
18.30 de un viernes de una semana alterna cuaquiera
- Hola Joaquín por dónde andas.
- Pues nada, aquí me pillas, con la tortilla de patatas
- Anda, anda, que sarna con gusto no pica
Se oye un grito de arenga: "¡¡¡Papaaaa Supeeeeer Maruja!!!"
Y estalla una carcajada en estéreo, desde 4 altavoces. Un sonido que no se paga ni con todo el oro del mundo.
Acabo de pasar 5 días seguidos con los 4 niños a solas en la casa de la montaña. Y claro: dosis triple de marujeo.
Abre la casa, deshaz maletas, ve a la compra, guisa, recoge y friega, plancha, prepara las camas, despioja, baña, da de cenar, viste y desviste, haz las coletas a las niñas ("Papá, tú siempre nos haces cola de caballo porque no sabes hacer otro peinado"), consigue que hagan los deberes y que lean, sal a pasear, dibuja, pinta y recorta los figuras de Navidad que hemos preparado para combatir la escasez adornos de este año en Lagasca.
El día es no parar.
- Veo una cosita que empieza por la A
- (...) Imposible me rindo
- ¡Ojo!
- Pero Joaquín: ¡no empieza por A!
Y poner paz.
- Papá, Joaquín me ha llamado gilimema
- ¡Eso no se dice! ¡Queréis parar, por favor!
Pero qué le voy a hacer. Me lo paso bien.
Lo sé. Que si tienes poca mano. Que si limpias sólo por encima. Que si qué arrugas dejas. No importa. No me van a desmoralizar.
Manolo, con tino, ya pilló mi falso lamento.
18.30 de un viernes de una semana alterna cuaquiera
- Hola Joaquín por dónde andas.
- Pues nada, aquí me pillas, con la tortilla de patatas
- Anda, anda, que sarna con gusto no pica
Se oye un grito de arenga: "¡¡¡Papaaaa Supeeeeer Maruja!!!"
Y estalla una carcajada en estéreo, desde 4 altavoces. Un sonido que no se paga ni con todo el oro del mundo.
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viernes, 8 de diciembre de 2006
Promesas fallidas
"Te prometo que trataré de mejorar, que me esforzaré más para que esto no vuelva a suceder. Te quiero y sólo quiero trabajar para verte siempre esa sonrisa que tanto me gusta"
Las palabras cayeron como un mazazo en su cerebro. El hecho de que su transmisión se hubiese producido por el medio escrito le asqueaba aún más. Sonaba a declaración jurada, a contrato privado entre las partes, a acuerdo de sumisión y esclavitud.
Las palabras le transportaron a su pasado. A ocho largos años de sometimiento emocional y acatamiento de los sentimientos ajenos. A años de medir cada acción, cada mensaje con el objetivo de minimizar cualquier reacción explosiva. Esa reacción en cadena, esa fisión nuclear que había bombardeado y finalmente herido de muerte su relación.
Hay un difícil equilibrio que es necesario mantener entre lo que uno piensa en sí mismo y lo que se quiere entregar al prójimo. El equilibrio se ha de alcanzar (ellos lo habían hecho) y mantener (ahí estaba su reto).
El desequilibrio los condujo al alejamiento y a una falta de respeto asimétrica. Y hoy cada uno evoluciona en una punta opuesta del planeta.
Las palabras cayeron como un mazazo en su cerebro. El hecho de que su transmisión se hubiese producido por el medio escrito le asqueaba aún más. Sonaba a declaración jurada, a contrato privado entre las partes, a acuerdo de sumisión y esclavitud.
Las palabras le transportaron a su pasado. A ocho largos años de sometimiento emocional y acatamiento de los sentimientos ajenos. A años de medir cada acción, cada mensaje con el objetivo de minimizar cualquier reacción explosiva. Esa reacción en cadena, esa fisión nuclear que había bombardeado y finalmente herido de muerte su relación.
Hay un difícil equilibrio que es necesario mantener entre lo que uno piensa en sí mismo y lo que se quiere entregar al prójimo. El equilibrio se ha de alcanzar (ellos lo habían hecho) y mantener (ahí estaba su reto).
El desequilibrio los condujo al alejamiento y a una falta de respeto asimétrica. Y hoy cada uno evoluciona en una punta opuesta del planeta.
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lunes, 4 de diciembre de 2006
Elegir (o no) un camino
A mí me sucedió en Trocadéro, aunque me podía haber pasado en Etólie. Eso sí: esos dos son los únicos lugares en los que algo así te puede ocurrir en París: estaciones de metro en las que dos líneas se cruzan. Dos líneas que, al menos por un extremo, finalizan en el mismo punto. Nation.

http://www.parisinfo.de/images/paris-metro-plan-karte.jpg
Apresurado como siempre para no perder el tiempo, me fijo sólo en el punto final del trayecto. La idea es alcanzar Les Halles usando la línea 9 cambiando a la 1 en Franklin D. Roosevelt. Sigo un cartel que dice Direction Nation. Y me acomodo en un vagón.
El convoy sale a respirar un tramo a la superficie y la intensa luz de la Torre Eiffel me llama la atención. Su referencia hace que salten las alarmas de mi sentido de la ubicación. Vamos hacia el sur, hemos cruzado el Sena. Me alejo de la estación Roosevelt. He tomado la línea 6 en vez de la 9. Entonces reparo en lo inusual del hecho: ambas se dirigen a Nation. Y ambas se cruzaron en mi vida en Trocadéro.
El error se puede enmendar. Cambiando en Montparnasse a la 4 me dirijo al norte directo a Les Halles.
Existen situaciones en las que, ante determinados hechos, los que compiten deben elegir un determinado camino entre varias alternativas. Esto suele suceder, por ejemplo, en momento de cambios significativos de tecnología. La evolución de los acontecimientos a partir de entonces se asemeja a una carrera de natación particular, con una caprichosa regla: no se informa a los participantes sobre cuál de los 4 bordes de la piscina es la meta de la carrera en el momento de la salida. Ese dato sólo está disponible tiempo después. No se sabe cuándo.
Unos nadadores, los prudentes, optan por no saltar a la piscina hasta saber a dónde deben dirigirse, arriesgándose, con gran probabilidad, a no ganar. Otro grupo se lanza al ruedo, unos pensando alcanzar el centro de la piscina para estar cerca del mayor número de laterales posible, otros directos al borde que piensan va a ser el destino. Los primeros pueden quedarse en el camino, ahogados, si la vital información tarda mucho tiempo en llegar. Los segundos se mojan dos veces. Y llegan los primeros. O los últimos.
Elegir el destino, y también el camino, es fundamental. Mojarse, como en otoño en París, tiene su recompensa.
Pero ¡qué gustito da poder a veces dejarse llevar por el destino, por el soplo de la providencia (con pe minúscula)!. Yo lo hago conscientemente cuando sé que hay Montparnasses por el camino que permiten rectificar. O cuando el destino es irrelevante. Porque te puedes permitir ganar o perder. Norte, sur, este, oeste. Qué más da por una vez. Y el engranaje automático de las casualidades actúa, por una vez, como le da la real gana.
Presuntamente, una tal Soledad de Valencia, se implicó en una ocasión en estas disquisiciones: "Que importa perder sino puedes ganar".

http://www.parisinfo.de/images/paris-metro-plan-karte.jpg
Apresurado como siempre para no perder el tiempo, me fijo sólo en el punto final del trayecto. La idea es alcanzar Les Halles usando la línea 9 cambiando a la 1 en Franklin D. Roosevelt. Sigo un cartel que dice Direction Nation. Y me acomodo en un vagón.
El convoy sale a respirar un tramo a la superficie y la intensa luz de la Torre Eiffel me llama la atención. Su referencia hace que salten las alarmas de mi sentido de la ubicación. Vamos hacia el sur, hemos cruzado el Sena. Me alejo de la estación Roosevelt. He tomado la línea 6 en vez de la 9. Entonces reparo en lo inusual del hecho: ambas se dirigen a Nation. Y ambas se cruzaron en mi vida en Trocadéro.
El error se puede enmendar. Cambiando en Montparnasse a la 4 me dirijo al norte directo a Les Halles.
Existen situaciones en las que, ante determinados hechos, los que compiten deben elegir un determinado camino entre varias alternativas. Esto suele suceder, por ejemplo, en momento de cambios significativos de tecnología. La evolución de los acontecimientos a partir de entonces se asemeja a una carrera de natación particular, con una caprichosa regla: no se informa a los participantes sobre cuál de los 4 bordes de la piscina es la meta de la carrera en el momento de la salida. Ese dato sólo está disponible tiempo después. No se sabe cuándo.
Unos nadadores, los prudentes, optan por no saltar a la piscina hasta saber a dónde deben dirigirse, arriesgándose, con gran probabilidad, a no ganar. Otro grupo se lanza al ruedo, unos pensando alcanzar el centro de la piscina para estar cerca del mayor número de laterales posible, otros directos al borde que piensan va a ser el destino. Los primeros pueden quedarse en el camino, ahogados, si la vital información tarda mucho tiempo en llegar. Los segundos se mojan dos veces. Y llegan los primeros. O los últimos.
Elegir el destino, y también el camino, es fundamental. Mojarse, como en otoño en París, tiene su recompensa.
Pero ¡qué gustito da poder a veces dejarse llevar por el destino, por el soplo de la providencia (con pe minúscula)!. Yo lo hago conscientemente cuando sé que hay Montparnasses por el camino que permiten rectificar. O cuando el destino es irrelevante. Porque te puedes permitir ganar o perder. Norte, sur, este, oeste. Qué más da por una vez. Y el engranaje automático de las casualidades actúa, por una vez, como le da la real gana.
Presuntamente, una tal Soledad de Valencia, se implicó en una ocasión en estas disquisiciones: "Que importa perder sino puedes ganar".
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Empresa y sentimiento
lunes, 27 de noviembre de 2006
Destino Lisboa
Hay ciudades contundentes y bellas a primera vista, que impactan y enamoran de inmediato. Hay ciudades de una sola dimensión, que son fáciles de comprender.
Lisboa no es ninguna de ellas.
Lisboa se bebe tacita a tacita. Se saborea con el tiempo porque cada sorbo se nota diferente. Cada día tiene un matiz especial o un rincón nuevo en el que no habías reparado antes.
Yo he aprendido a querer a Lisboa con los años. Como debe ser.

La versatilidad de Lisboa tal como se aprecia
desde las ventanas de la Rua das Chagas
Postdata: si alguien quiere versión electrónica full del Estambul de este súper collage que me lo diga y lo envio. Tiene la particularidad de haber sido elaborado artesanalemente por un servidor a las 7 de la mañana de hoy y a 10.000 metros de altura rumbo a la desembocadura del Tajo.
jueves, 23 de noviembre de 2006
Ligereza y provisionalidad
Hay una novela de Isabel Allende, no muy conocida, eclipsada por otros de sus grandes éxitos, que transmite un mensaje para mi importante. El libro se titula "El Plan Infinito", y es de los que tienen "travesía del desierto" en las primeras 50 páginas. Hay que hacer un esfuercillo.
Gregory Reeves la protagoniza. Es un hombre que pasa su vida, y la mayoría de la novela, de un sitio a otro. Sin rumbo fijo y ligero de equipaje para facilitar su movilidad. Le gustan las flores y por eso no le queda más remedio que tenerlas plantadas en unas carretillas que hacen las veces de macetero. De este modo, las lleva consigo allá donde fuere.
Hace un mes me mudé de nuevo. Desde que cumplí los 18 nunca he vivido en el mismo sitio más de 4 años seguidos. He pasado tiempo con la aristocracia, los estamentos militares, el mundo de los conquistadores y del arte. Duquesa de Orleans, Capitán Arenas en Barcelona. General Oraá, Nuñez de Balboa a varias alturas, Claudio Coello. Breve paso por las Historias de Filadelfia. Ahora en Lagasca, antes de irme a una ciudad italiana.
Esta última mudanza me permitió comprobar que a mis 38 años todas mis posesiones físicas, todas las pertenecias materiales de las que dispongo en este mundo caben en 6 maletas de reducidas proporciones. Eso es todo. Ropa, fotos, objetos personales. (Bueno trampa: me faltan los libros que estoy luchando por recuperar). Con eso he vivido y vivo toda mi vida. Por necesidad, no me ha quedado más remedio que pecar y celebrar dos jornadas orgiásticas en IKEA, "volviendo a conquistar mi vida" como reza su slogan, muy al pelo de mi vida. Y ya tengo alguna propiedad más que espero poder mantener, sin que nadie me la arrebate, el resto de mi vida.
Darme de morros con la realidad de que, en el fondo, voy por la vida ligero de equipaje, de que, como Gregory, voy un poco de un lugar a otro, lejos de causarme desasosiego, me generado una sensación de bienestar.
Hace unos meses hablaba con el Director General de una empresa y amigo, que me decía que en en el medio año anterior se habían deshecho de 100 millones de euros de activos de la compañía. Habían liberado caja del balance por esa importantísima cantidad. Caja para acometer nuevos proyectos que permitieran a la empresa generar valor. 100 millones que pasaron de ser un lastre que mantenía a la empresa atrapada a ser motor de crecimiento. He podido comprobar además, no sólo en esa empresa sino en otras, que el ejercicio de aligerar de cargas innecesarias el balance (en inglés algunos lo llaman "asset productivity") es en extremo sencillo. Basta con preguntar a la organización continuamente "Y esto, ¿para qué se necesita?".
Una empresa ligera de equipaje es más ágil. Se puede mantener en una situación de provisionalidad contínua. Reivindico la acepción positiva del término "provisionalidad". La provisionalidad imprime cierta tensión. Y la tensión permite reaccionar de forma rápida ante los cambios del entorno y los movimientos de la competencia. La necesidad de rápida reacción exige alforjas ligeras. Que permiten mantener la tensión...
En las últimas páginas de El Plan Infinito, Gregory encuentra finalmente su rumbo. Después de mil tribulaciones recala en un lugar permanente. Y planta sus flores en tierra firme.
Quiero tener maceteros permanentes para mis plantas. Pero también saber, que lo que realmente me importa me cabe en seis maletas. Quiero tener la tranquilidad de que, si es necesario, puedo avanzar ligero a una nueva etapa de mi vida. Al fin y al cabo, las flores se pueden trasplantar.
Postdata aclaratoria:
1) Me ha hundido en la negra miseria el comentario de Óscar. ¿Cómo que no sabes qué es Wharton?. El próximo viaje en vez de Australia, a los Estados Unidos. Wharton es la más prestigiosa escuela de negocios del mundo mundial. Pertenece a la Universidad de Pennsylvania y está en Filadelfia.
2) Mi cuñado me recriminó ayer que mis posts son demasiado sentimentales. Cómo buen ingeniero de telecomunicaciones le suena un poco a chino. Intento rebajar la carga emotiva. Pero siempre, en algún lugar, hay una ligazón entre el mundo pragmático que nos rodea y los sentimientos de las personas. Y me gusta poner ese eslabón de relieve.
Gregory Reeves la protagoniza. Es un hombre que pasa su vida, y la mayoría de la novela, de un sitio a otro. Sin rumbo fijo y ligero de equipaje para facilitar su movilidad. Le gustan las flores y por eso no le queda más remedio que tenerlas plantadas en unas carretillas que hacen las veces de macetero. De este modo, las lleva consigo allá donde fuere.
Hace un mes me mudé de nuevo. Desde que cumplí los 18 nunca he vivido en el mismo sitio más de 4 años seguidos. He pasado tiempo con la aristocracia, los estamentos militares, el mundo de los conquistadores y del arte. Duquesa de Orleans, Capitán Arenas en Barcelona. General Oraá, Nuñez de Balboa a varias alturas, Claudio Coello. Breve paso por las Historias de Filadelfia. Ahora en Lagasca, antes de irme a una ciudad italiana.
Esta última mudanza me permitió comprobar que a mis 38 años todas mis posesiones físicas, todas las pertenecias materiales de las que dispongo en este mundo caben en 6 maletas de reducidas proporciones. Eso es todo. Ropa, fotos, objetos personales. (Bueno trampa: me faltan los libros que estoy luchando por recuperar). Con eso he vivido y vivo toda mi vida. Por necesidad, no me ha quedado más remedio que pecar y celebrar dos jornadas orgiásticas en IKEA, "volviendo a conquistar mi vida" como reza su slogan, muy al pelo de mi vida. Y ya tengo alguna propiedad más que espero poder mantener, sin que nadie me la arrebate, el resto de mi vida.
Darme de morros con la realidad de que, en el fondo, voy por la vida ligero de equipaje, de que, como Gregory, voy un poco de un lugar a otro, lejos de causarme desasosiego, me generado una sensación de bienestar.
Hace unos meses hablaba con el Director General de una empresa y amigo, que me decía que en en el medio año anterior se habían deshecho de 100 millones de euros de activos de la compañía. Habían liberado caja del balance por esa importantísima cantidad. Caja para acometer nuevos proyectos que permitieran a la empresa generar valor. 100 millones que pasaron de ser un lastre que mantenía a la empresa atrapada a ser motor de crecimiento. He podido comprobar además, no sólo en esa empresa sino en otras, que el ejercicio de aligerar de cargas innecesarias el balance (en inglés algunos lo llaman "asset productivity") es en extremo sencillo. Basta con preguntar a la organización continuamente "Y esto, ¿para qué se necesita?".
Una empresa ligera de equipaje es más ágil. Se puede mantener en una situación de provisionalidad contínua. Reivindico la acepción positiva del término "provisionalidad". La provisionalidad imprime cierta tensión. Y la tensión permite reaccionar de forma rápida ante los cambios del entorno y los movimientos de la competencia. La necesidad de rápida reacción exige alforjas ligeras. Que permiten mantener la tensión...
En las últimas páginas de El Plan Infinito, Gregory encuentra finalmente su rumbo. Después de mil tribulaciones recala en un lugar permanente. Y planta sus flores en tierra firme.
Quiero tener maceteros permanentes para mis plantas. Pero también saber, que lo que realmente me importa me cabe en seis maletas. Quiero tener la tranquilidad de que, si es necesario, puedo avanzar ligero a una nueva etapa de mi vida. Al fin y al cabo, las flores se pueden trasplantar.
Postdata aclaratoria:
1) Me ha hundido en la negra miseria el comentario de Óscar. ¿Cómo que no sabes qué es Wharton?. El próximo viaje en vez de Australia, a los Estados Unidos. Wharton es la más prestigiosa escuela de negocios del mundo mundial. Pertenece a la Universidad de Pennsylvania y está en Filadelfia.
2) Mi cuñado me recriminó ayer que mis posts son demasiado sentimentales. Cómo buen ingeniero de telecomunicaciones le suena un poco a chino. Intento rebajar la carga emotiva. Pero siempre, en algún lugar, hay una ligazón entre el mundo pragmático que nos rodea y los sentimientos de las personas. Y me gusta poner ese eslabón de relieve.
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domingo, 19 de noviembre de 2006
Sueños y realidades

I
Hoy releo con avidez y una sonrisa marcada en la cara un documento familiar histórico. Matizo: un documento histórico. Bueno, sí: es familiar. Lo escribió mi tío Ramón. Pero también es histórico porque creo que es único.
Se trata en apariencia de algo mundano carente de interés alguno. Un folleto, a todo color, de venta de una promoción de viviendas, el Parque Residencial Alpicat, un pueblo a 6 kilómetros de Lérida (la ciudad que me vio nacer). Un conjunto de casas unifamiliares alrededor de un bonito jardín con piscina.
Transcribo algunos párrafos respetando absolutamente la literalidad del texto original:
"Hemos creado un ambiente de silencio, situándonos en una zona rural "Alpicat" donde todavía podemos contemplar el vuelo indeciso de las codornices, la danza de la naturaleza en una puesta de sol y el temblor del paisaje a mediodía"
"El ambiente del grupo residencial roza la hierba espinosa de los canales de riego, respira el perfume de los árboles frutales y se eleva a un cielo puro, cobrando vida y vibrando plenamente con la tierra y con las peras limoneras"
"SALÓN, COMEDOR y SALAS DE ESTAR en comunicación directa con los jardines interiores privados, donde la vida familiar, en contacto directo con la intimidad de la naturaleza, puede transcurrir en todo su encanto contemplativo. Por esta proyección de espacio creado hacia el hombre, podemos beber todo el encanto de las juergas de una vida íntima, donde el amor se renueva, se impone la intimidad, la naturaleza se desencadena, libre de toda indiscreción social".
Este era el sueño de mi tío Ramón. Una genial idea. Genial y visionaria: en la segunda página del folleto se puede leer la fecha de publicación. 1968.
II
En el mundo de los negocios, los sueños son la visión y la realidad viene marcada por la capacidad de ejecución.
Hace unas semanas, el dominical de El Mundo publicaba una entrevista con Jesús Encinar. Jesús es el director de http://www.idealista.com/, un portal de intermediación inmobiliaria que recomiendo (me permitió encontrar mi actual apartamento de alquiler a la primerísima), tiene un blog muy interesante (http://www.jesusencinar.com/) y es graduado por Harvard (punto oscuro de su pasado, que yo, como buen ex alumno de Wharton tengo que recalcar, pese a que hoy me encuentre en la ciudad de Boston para celebrar un desayuno con futuros graduados de la escuela). De dicha entrevista me llevé algo, que aunque parece obvio, es muy necesario recordar siempre: lo importante para el éxito en el mundo de los negocios no son las grandes ideas, sino la capacidad para implantarlas. Y Jesús recordaba el año 2000 en el que sólo en el mercado español se lanzaron decenas de portales inmobiliarios. Hoy, el suyo, es el líder del mercado y la mayoría de sus competidores se han quedado en el camino. Lo que le llevó a donde está: el diferencial en capacidad de puesta en marcha con respecto a sus competidores, no la originalidad de la idea.
Mi vida profesional me permite tener acceso a muchos responsables de negocio. Cada uno con su cultura y con su estilo de gestión. Pero puedo corroborar el punto de Jesús. El denominador común de los que tienen éxito es su habilidad de gestionar los recursos, de motivar a las personas y de seguir con detalle el progreso de los planes hasta conseguir que las ideas se transformen en algo palpable. En resultados.
III
Tengo un recuerdo de principios de los 70, siendo yo un niño. Guardo con nitidez en mi cabeza las imágenes de un paseo con mis padres entre paredes de ladrillos de un edificio sin acabar. Una obra abandonada. El fracaso del Parque Residencial Alpicat.
Mi tío Ramón mezcló los negocios con las emociones y la poesía con la arquitectura. Y le salió mal. Hay elementos que, como el agua y el aceite, no interaccionan bien. Se adelantó a su tiempo con una idea que luego ha triunfado por doquier. Tuvo una visión de genio de los negocios, pero no tuvo capacidad de implantación. Y su idea quedó olvidada en 12 páginas a todo color. En una publicación de la que hoy sólo queda un ejemplar.
Por eso hoy reivindico su genialidad y expongo su idea ante la millones de posibles miradas. Él jamás se lo habría podido imaginar. Pero seguro le hubiera encantado la idea.
Es hacer un poco realidad su sueño fracasado.
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martes, 14 de noviembre de 2006
Observaciones desde la India (II)
I
El hombre que determina la política económica de 1.100 millones de personas de nuestro planeta se dirige a nosotros. El Ministro de Finanzas de la India es un hombre de discurso pausado y claro.
Las reformas y el proceso de liberalización de los mercados en la India se iniciaron en 1991, y desde entonces, de forma lenta pero inexorable están sacando a millones de personas de la pobreza.
Pero queda mucho por hacer. Por ello se abre el debate sobre la velocidad de las reformas.
Sin embargo, la India quiere seguir siendo una democracia. En un país con 24 estados, 17 lenguas y siete religiones el consenso es difícil, pero se consigue a base de hacer más lento el proceso. Están dispuestos a hacer el sacrificio. La coalición gobernante la forman 24 partidos diferentes.
Ante una pregunta capciosa el Ministro no duda. "Prefiero hacer una autopista un kilómetro más larga si es necesario para preservar las tumbas de los ancestros de un pueblo por el que tiene que pasar la construcción".
Arranca una ovación. El proceso de reforma y de progreso en la India es moderado pero está vivo y tiene el talante de perpetuarse, porque es consensuado.
II
La amistad es un proceso vivo. Y como una reforma económica, no es algo que es o no es. La amistad tiene grados de intensidad.
Son comunes diferentes varas de medir cuan profunda es una amistad. La entrega, la generosidad, el anteponer los intereses de un amigo a los propios, incluso el grado de confianza.
Para mí, las grandes amistades son aquellas en las que puedes decir al otro todo lo que piensas, aunque a veces duela. La amistad verdadera a veces escuece. Y, cuando es herida, no se cura con el agua oxigenada de las mentiras piadosas. Sino con el alcohol de 96 grados de coger el toro por los cuernos.
Las buenas amistades se miden también por lo sonoras que son. Su intensidad suele ser proporcional a los decibelios de las risas de los buenos momentos.
III
No es de la capital. Viene del norte, y eso le imprime carácter. Un poco bruto a veces. Como un niño grande. Pero tiene lo fundamental: unos sólidos valores que anclan su barco evitando que escore cuando la mar viene revuelta. Y un gran corazón.
Precisamente eso, lo fundamental, lo hace un gran amigo. Dedica tiempo, aporta sabios consejos. Convierte la amistad en un foro de enriquecimiento mutuo. Las mentiras piadosas están abandonadas en el baúl de los recuerdos y los decibelios andan desbocados y aliados con la complicidad que nos une.
"No te pongas nervioso, no te tenses" le digo en medio de un pequeño tumulto en Delhi. Él parece tranquilo, pero yo sé que no lo está.
"Cuánto me conoces" me contesta
El niño grande se deja conocer. Ayuda y se deja ayudar.
IV
No quiero amistades explosivas. No quiero grandes aspavientos. Quiero amistades vivas y de avance inexorable, como las reformas de la India.
Quiero con el alma a mi amigo de San Sebastián.
El hombre que determina la política económica de 1.100 millones de personas de nuestro planeta se dirige a nosotros. El Ministro de Finanzas de la India es un hombre de discurso pausado y claro.
Las reformas y el proceso de liberalización de los mercados en la India se iniciaron en 1991, y desde entonces, de forma lenta pero inexorable están sacando a millones de personas de la pobreza.
Pero queda mucho por hacer. Por ello se abre el debate sobre la velocidad de las reformas.
Sin embargo, la India quiere seguir siendo una democracia. En un país con 24 estados, 17 lenguas y siete religiones el consenso es difícil, pero se consigue a base de hacer más lento el proceso. Están dispuestos a hacer el sacrificio. La coalición gobernante la forman 24 partidos diferentes.
Ante una pregunta capciosa el Ministro no duda. "Prefiero hacer una autopista un kilómetro más larga si es necesario para preservar las tumbas de los ancestros de un pueblo por el que tiene que pasar la construcción".
Arranca una ovación. El proceso de reforma y de progreso en la India es moderado pero está vivo y tiene el talante de perpetuarse, porque es consensuado.
II
La amistad es un proceso vivo. Y como una reforma económica, no es algo que es o no es. La amistad tiene grados de intensidad.
Son comunes diferentes varas de medir cuan profunda es una amistad. La entrega, la generosidad, el anteponer los intereses de un amigo a los propios, incluso el grado de confianza.
Para mí, las grandes amistades son aquellas en las que puedes decir al otro todo lo que piensas, aunque a veces duela. La amistad verdadera a veces escuece. Y, cuando es herida, no se cura con el agua oxigenada de las mentiras piadosas. Sino con el alcohol de 96 grados de coger el toro por los cuernos.
Las buenas amistades se miden también por lo sonoras que son. Su intensidad suele ser proporcional a los decibelios de las risas de los buenos momentos.
III
No es de la capital. Viene del norte, y eso le imprime carácter. Un poco bruto a veces. Como un niño grande. Pero tiene lo fundamental: unos sólidos valores que anclan su barco evitando que escore cuando la mar viene revuelta. Y un gran corazón.
Precisamente eso, lo fundamental, lo hace un gran amigo. Dedica tiempo, aporta sabios consejos. Convierte la amistad en un foro de enriquecimiento mutuo. Las mentiras piadosas están abandonadas en el baúl de los recuerdos y los decibelios andan desbocados y aliados con la complicidad que nos une.
"No te pongas nervioso, no te tenses" le digo en medio de un pequeño tumulto en Delhi. Él parece tranquilo, pero yo sé que no lo está.
"Cuánto me conoces" me contesta
El niño grande se deja conocer. Ayuda y se deja ayudar.
IV
No quiero amistades explosivas. No quiero grandes aspavientos. Quiero amistades vivas y de avance inexorable, como las reformas de la India.
Quiero con el alma a mi amigo de San Sebastián.
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Empresa y sentimiento
martes, 7 de noviembre de 2006
Observaciones desde la India (I)
Yo ya me refiero a ella directamente por su denominación abreviada.
La contundente realidad física de una ciudad que parece caerse a cachos se alía con la comodidad de un nombre más corto. Nueva Delhi está perdiendo la primera parte de su denominación.
Voy a contar muchas cosas sobre lo que estoy aprendiendo y viendo en este viaje: India es un lugar que deja huella. Esta es la primera de ellas.
El camino entre Delhi y Agra, la ciudad del Taj Mahal, se extiende a lo largo de 200 km. Recorrerlo es una aventura de casi 4 horas si se tiene suerte con el tráfico.
Keke es mi conductor. Es un chófer del Alto Comisionado británico en Delhi, no ha tenido ni un sólo accidente en los 26 años que lleva de profesión al volante y es, además, una persona de bien que responde cándidamente a mis preguntas.
- ¿Por qué no te paras en los semáforos en rojo?
- Señor, si me paro en algunos de ellos, creo un problema de tráfico porque confundo al resto de los conductores. Algunos semáforos ya sólo están rojos o verdes de forma permanente.
Las líneas pintadas sobre el asfalto de calles y carreteras también están agotadas. Nadie les hace caso. Son lo de menos. En la autopista de dos carriles circulan a veces 4 vehículos en paralelo con total normalidad. En ocasiones, el desprecio por la señalización va más allá y te encuentras un tractor o un carro tirado por camellos en contradirección circulando por el carril rápido. El Ministerio responsable de las carreteras indias avisa de forma desesperada en los carteles "Lane driving is safe driving". No importa. Es inútil. En India, la excepción a veces parece la regla.
Un día mi corazón decidió ir en contradirección. No respetar las normas de circulación. Las líneas marcadas en el asfalto de mi camino se evaporaron y los semáforos se quedaron inmóviles en el verde. Me indicaban que no me parase, que podía y debía seguir. Y me metí en las calles de la ciudad en las que el tráfico que te rodea es lo de menos y en las que no debes confundir al prójimo siguiendo las reglas establecidas.
Mi vida pasó de la regla a la excepción.
Por eso me gusta tanto este país.
La contundente realidad física de una ciudad que parece caerse a cachos se alía con la comodidad de un nombre más corto. Nueva Delhi está perdiendo la primera parte de su denominación.
Voy a contar muchas cosas sobre lo que estoy aprendiendo y viendo en este viaje: India es un lugar que deja huella. Esta es la primera de ellas.
El camino entre Delhi y Agra, la ciudad del Taj Mahal, se extiende a lo largo de 200 km. Recorrerlo es una aventura de casi 4 horas si se tiene suerte con el tráfico.
Keke es mi conductor. Es un chófer del Alto Comisionado británico en Delhi, no ha tenido ni un sólo accidente en los 26 años que lleva de profesión al volante y es, además, una persona de bien que responde cándidamente a mis preguntas.
- ¿Por qué no te paras en los semáforos en rojo?
- Señor, si me paro en algunos de ellos, creo un problema de tráfico porque confundo al resto de los conductores. Algunos semáforos ya sólo están rojos o verdes de forma permanente.
Las líneas pintadas sobre el asfalto de calles y carreteras también están agotadas. Nadie les hace caso. Son lo de menos. En la autopista de dos carriles circulan a veces 4 vehículos en paralelo con total normalidad. En ocasiones, el desprecio por la señalización va más allá y te encuentras un tractor o un carro tirado por camellos en contradirección circulando por el carril rápido. El Ministerio responsable de las carreteras indias avisa de forma desesperada en los carteles "Lane driving is safe driving". No importa. Es inútil. En India, la excepción a veces parece la regla.
Un día mi corazón decidió ir en contradirección. No respetar las normas de circulación. Las líneas marcadas en el asfalto de mi camino se evaporaron y los semáforos se quedaron inmóviles en el verde. Me indicaban que no me parase, que podía y debía seguir. Y me metí en las calles de la ciudad en las que el tráfico que te rodea es lo de menos y en las que no debes confundir al prójimo siguiendo las reglas establecidas.
Mi vida pasó de la regla a la excepción.
Por eso me gusta tanto este país.
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